La clerigalla

El lector que, interesado en la historia de España en los siglos XIX y XX, consulte algunos libros, se encontrará con una idea que se repite una y otra vez: el Estado abandonó los símbolos fundamentales de la nación — la educación, entre ellos — a la Iglesia. Así esta tuvo plena libertad para decidir qué días eran fiesta y cuáles, no. No solo eso, la Iglesia influyó en la educación de los niños y jóvenes de manera decisiva. Mientras en Francia o Estados Unidos la educación la controlaba el Estado, y era una educación basada en valores cívicos, en España la educación la impartió la Iglesia, y fue una educación de valores religiosos y reaccionarios en política. Mientras Estados Unidos o Francia avanzaban con el curso de la Modernidad, España se estancó en ensueños románticos de un pasado en el que predominaba una sociedad orgánica. De ahí el arraigo del Carlismo, sobre todo en el norte de España.

Hoy en día las cosas no han cambiado. Seguimos teniendo como fiesta obligatoria e indiscutida la de la Inmaculada Concepción, y como fiesta puesta en tela de juicio la del aniversario de la aprobación de la Constitución. Los reaccionarios de hoy en día, siguen sin querer celebrar este último porque la Constitución no los representa. No tienen, sin embargo, problemas en descansar el día de la fiesta establecida por la Iglesia. Son nuestros reaccionarios los peones de la clerigalla.

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