Fotografía callejera

Esto de la fotografía callejera, bien lo sabemos, es como ir de caza. Hay días en que te cobras algún trofeo y otros, muchos, en que vuelves a casa con las manos vacías y la  cámara llena de imágenes insustanciales. El azar juega su parte, sin duda; la técnica tiene también la suya. El ojo del fotógrafo es, siempre, lo más importante.

Jeremías

Banco piedra

Cuentan que Gérard de Nerval paseaba por París con una langosta sujeta por una correa y que Charles Baudelaire vestía de forma estrafalaria mezclando ropa cara y otra de pordiosero.
Leí hace no mucho en un periódico, o en un cuaderno de notas de internet, poco importa ahora la diferencia, que si seguimos así el Capitalismo feroz arrasará las ciudades para hacer de todas ellas una sola, algo así como una metonimia. Las ciudades pierden sus encantos ancestrales, su identidad de siempre, nos dicen, como si siempre no fuera un sintagma falso en las obras humanas.
Las ciudades van a ser ocupadas por las mismas tiendas, las mismas empresas que nos servirán idéntica comida aquí o en Hong Kong o en Nueva York – ¡ojalá! – o en el Cono Sur. Yo, la verdad sea dicha, lo veo difícil: veo imposible que en Chile o argentina renuncien a su gastronomía como demencial es pensar que en Hong Kong van a desaparecer los puestos callejeros donde te sirven ramen o empanadillas hervidas. En Nueva York, ya se sabe, desembarca todo lo que tiene un mínimo interés, ¡hasta hay restaurantes donde sirven cocido madrileño!
Lo más aburrido, sin embargo, no es la jeremiada con que nos metrallean. Yo aceptaría la reconvención y la llama de atención de aquellos que fuesen al sastre a hacerse las camisas a medida y los pantalones, y fuesen al zapatero a que les tomase medidas para hacerles unos zapatos únicos. No es así, claro. Que los profetas del aniquilamiento de la individualidad sean individuos que visten los mismos vaqueros que el resto del mundo, llevan camisetas que se elaboran mediante procedimientos mecánicos y se venden en tiendas idénticas aquí y allá, que calzan ese calzado horroroso que son las zapatillas deportivas, y que comen la misma comida carente de todo interés que se vende en tantísimos restaurantes – tan vulgares como las cadenas y franquicias alimentarias – pero se niegan a ir a un restaurante de vanguardia escondiendo su miedo a lo desconocido detrás de la factura abultada del local, me reafirma en mis ideas: el cambio despierta en la mayoría de la población sentimientos de miedo y, por tanto, de conservadurismo. Es el nacionalismo provinciano, claro.
Y la ignorancia de las razones que esgrimió Bertrand Russell cuando se le preguntó acerca de la democracia moderna. ¡En esto no cambian!

Los nuevos tiempos

Cerca de donde vivo hay dos plazas, una más pequeña, resguardada, rodeada de paredes menos por dos entradas; la otra está más al aire, da a una carretera de tráfico denso, a un aparcamiento y a un descampado por donde corretean los perros y los gatos, cimarrones, han establecido un reino precario.

En las dos plazas se sientan grupos de mendigos, muchos de ellos extranjeros a tenor de lo que escucha uno si presta atención cuando pasa por su lado. Tienen rostros cetrinos y enrojecidos, algunos barba, ropa ya muy gastada, demasiado grande o demasiado pequeña, casi nunca de su talla. Hoy, mientras pasaba por su lado, uno se ha acercado y, con cierta timidez me ha pedido algunos euros para comer. Otros tienen por el suelo, cerca de sus piernas, botellas de cerveza envueltas en periódicos, tetrabriks de vino, algún paquete casi vacío de cigarrillos.

Algunas veces veo a la policía que les piden los documentos, hablan algo con ellos y luego se alejan en sus motos.

Más allá, al otro lado de las vallas que encarrilan el ferrocarril y dividen la ciudad se observa la nueva arquitectura de estos tiempos. Enormes bloque paralizados en su esqueleto. Sin apenas paredes construidas, se ven las vigas, las columnas, las rampas que habrían sido las escaleras, el hueco indistinguible del ascensor. Son las ruinas de lo que nunca llegó a ser.