Sábanas blancas

Cine: alargar el día y que todo coincida después.

La familia bien, gracias

Muelle de embarque

Desde el enorme ventanal contemplamos los muelles desiertos, Aquí y allá algunas personas – operarios les llaman – faenan con sus vehículos de arrastre y de carga. Son morenos, enjutos, de color oliváceo bastantes y pelo fosco. El sol cae a plano, o al menos eso parece desde la zona protegida y acondicionada donde esperamos que, de una vez por todas, después de los varios retrasos, salga el avión, o quizás mejor decir nave, porque avión en su origen significaba pájaro.

No hay vegetación, solo asfalto blanquecino pintado con rayas amarillas ya descoloridas. Los vehículos que pululan por las pistas de despegue y de aterrizaje así como por la zona de transición tienen extrañas formas paralelepípedas, llevan ganchos enormes en la parte trasera y mezclan con el blanco un color naranja chillón, al igual que los chalecos de seguridad. Más allá, imaginamos la fauna salvaje de la zona, quién sabe si de formas prehistóricas o muy avanzadas en la evolución de las especies.

Mos Eisley se llamaba el primer puerto de embarque que conocí, un lugar peligroso y nada recomendable, donde se juntaban todos los malos, aunque en el fondo de algún contrabandista hubiera un adarme de bondad. Allí se dirigió un pobre chaval pueblerino cuyo único horizonte hasta ese momento era la agricultura de secano. Allí saltó hacia otros mundos en una pirueta que impedía la vuelta atrás. Ya para siempre vagaría en naves interestelares por las rutas que solo los contrabandistas conocían.

Esperamos en la enorme sala donde se juntan las puertas de embarque de varias compañías. Apenas hay ruido, ni olores. El sol del exterior no nos afecta. Unos cuantos gorriones revolotean por la sala enmoquetada. Esperamos aún más.

Guiones

Leo a Allen Ginsberg mientras en el televisor suena música de los años 40 y 50, Carmen McRae entre otras cantantes de swing. El ensayo tiene como tema principal la elegía Kaddish y es un breve recuerdo de cómo lo escribió y las varias veces que lo leyó en público o lo grabó.

Hay un momento que la lectura deja de interesar por lo que cuenta. Ginsberg rememora que estuvo una noche en casa de un amigo y escucharon a Ray Charles, al que – según dice – no había prestado mucha atención hasta ese momento. Luego, ya de amanecida, dice que volvió a su casa en la zona este baja (Lower East Side) desde la Avenida 7. Ese instante de lectura y música me trajo a la memoria las imágenes de Manhattan por la noche mientras paseábamos, los inmensos rascacielos, las luces de neón, las películas de Woody Allen, de Billy Wilder, una subjetividad que es, guste más o menos, colectiva, la propia del siglo XX hecho de cine americano y música, americana también. De un apartamento a otro fue Ginsberg para comenzar con una escritura caótica, mientras, quién sabe, si en alguna esquina de Manhattan no estaría ocurriendo alguna escena de película, o si no estaría ya despierto algún guionista que comenzaba a escribir el guión de una de esas películas que todos recordamos.

Mientras tanto, ahora, el aquí está al pie de la Montañas Rocosas en una casita que es un estudio con la puerta que da a la calle y una ventana que abarca toda la fachada y deja que la luz clara y alegre del día entre a raudales. Mientras suena la música de los años 40 y 50.

¡El cine, cómo no!

La cocina es pequeña y la hornilla de inducción la guardamos en un cajón después de que se haya enfriado. Parece, en principio, que en ella es casi imposible cocinar nada complejo como pueda ser un guiso, y, sin embargo, la potencia es lo suficiente como para hacer guisos. Eso sí, como es de inducción y tienen un ventilador en la base, no da calor, lo que se agradece en un apartamento tan pequeño.

Es un estudio como tantos que hemos visto en las películas, con la cama junto a la mesa de estudio, donde tecleo estas mínimas crónicas de nuestra estancia en Boulder. Al lado está el televisor con una pantalla más grande de lo que aquí se necesita y un par de sillones junto a una mesita. Quizás fuera Robert Redford el protagonista de aquella película que recuerdo brumosamente – los años no pasan en balde – y en la que pasaba horas y horas tecleando su máquina de escribir, una de esas máquinas que convertimos en míticas quién sabe por qué razón. También podría citar a Carrie, la periodista de Sexo en Nueva York, una comedia televisiva desenfadada que ha logrado que siempre que piense en Nueva York, o me recuerde en ella, me comporte como alguno de los protagonistas masculinos, por razones obvias.

A veces me imagino viviendo en uno de esos pequeños estudios, trabajando en una editorial, con los libros apilados por las estanterías y el suelo. En mis mejores momentos, sueño con que edito uno de los números anuales de The Best American Essays. También sueño a veces, despierto siempre por supuesto, que soy judío y llevo una vida normal en Brooklyn.

Claro que, al final, todo eso son sueños que el cine propicia.

La vida es una película

En el restaurante, al que entramos de casualidad y por pereza, no hay nadie y, como suele ser común en los de este tipo, lo llena un desangelamiento que casa mal con la cantidad de carteles de muchos colores escritos a mano y objetos decorativos dorados que hay en él. Detrás de nosotros entra un hombre que se sienta en una mesa.

Preguntamos si podemos llevarnos la comida, para luego no tener que hacer el camino con el estómago demasiado lleno, y nos ofrecen dos cartas, en chino y en inglés, y una mesa para que nos tomemos nuestro tiempo en elegir. Mientras tanto entra una pareja de jóvenes. Ella es alta, desgarbada, las caderas se le notan huesudas detrás del peto vaquero. Él es como tantos otros. Piden un menú, cogen unas verduritas de un mostrador y se dirigen a la mesa. Casi al instante entra una mujer china que rellena también una pequeña comanda y se sienta. Es baja, su aspecto es de alguien que ha pasado los cincuenta, de apariencia fuerte.

En el restaurante se oye la conversación animada de los jóvenes, el hombre come con calma y con desgana. Nosotros esperamos sentados. En un momento determinado me acuerdo de Stranger than Paradise de Jim Jarmusch. No hay sensación ni momento inocente; lo primigenio, aunque algunos quieran mantener la ficción, lo perdimos hace mucho. El cine ha modelado nuestras experiencias. Hay quien no va al cine para no contaminarse. Los Puritanos cerraron los teatros británicos en el siglo XVII.