Lecturas de artículos

SPECIAL FOR THE WASHINGTON POST

He acabado de leer una recopilación de artículos de Christopher Hitchens, y la frase que no he terminado de escribir me suena rara. Durante varias semanas el libro ha estado en mi mesilla de noche, impresionante en su volumen, esperándome, esperando una temporada de insomnio, los fines de semana, que suelo leer en la cama cuando me despierto, los domingos por la noche, que tanto me cuesta conciliar el sueño.

Lo he acabado después de varias semanas, sin haber seguido un orden ni haberme preocupado por señalar los artículos que iba leyendo, y así algunos – el extraordinario sobre el origen de la palabra felación y Lolita – lo he leído un par de veces.

Hitchens era un buen escritor y un buen periodista. Polemista que no rehuía ninguna ocasión que se le brindase, azote de muchas de las tonterías que nos agobian en el presente, independiente, prefería siempre el razonamiento a la explosión efectista de demagogia, sentimentalismo o victimismo. Prefería situarse en la incómoda posición del que, sabiendo que tiene razón, iba a defender unas ideas impopulares. Era de esos, pocos por cierto, que sabía que la razón era necesaria. De izquierdas, fustigaba las numerosas idioteces de los partidos y asociaciones que se sitúan a la izquierda; ateo que durante muchos años estuvo en contra del aborto, inglés nacionalizado norteamericano y crítico con los Estados Unidos, irreverente pero exquisito en su estilo literario; una rara avis de esas que solo la verdadera libertad de pensamiento que proviene del liberalismo británico del siglo XIX y de la institucionalización de las libertades de pensamiento, expresión, y de conciencia que instauran la Constitución de los Estados Unidos y su Tribunal Supremo en el siglo XVIII permiten que se desarrolle y dé frutos, excelentes en su caso. Aquí en España lo habrían tachado de franquista, fascista y no sé cuántos sambenitos más. En España preferimos a rebeldes como Jack Kerouac, que apoyó la Guerra de Vietnam, pero está nombrado por un halo de santón rebelde que oculta su profundo conservadurismo social. (“España y yo somos así, señora”, dijo uno. Irremediables y ramplones, pienso yo.) En España la fachada sola, y el situarse topográficamente, son suficientes. En Inglaterra, uno tiene que haber cursado estudios en una universidad como Balliol College, como hizo Hitchens.

Después de leer sus artículos a uno le queda el mínimo sinsabor de que Hitchens no fuera ensayista. Los artículos de periódicos quedan muy bien en el periódico, leídos en el día que se publican, insertos en el tumulto del día entre noticias y otros artículos. Cuando los reúnen en antologías, se parecen al aperitivo que te sirven en el restaurante mientras esperas que lleguen los entrantes o el primer plato. Algunos aperitivos son extraordinarios, ingeniosos, sabrosos, te despiertan un extraño sentimiento de alegría, sorpresa y deseo de más, pero, al final, son solo aperitivos. Los ensayos, aun los literarios, son ya algo más contundente. Pueden servirse como entrantes pero muchos de ellos: George Orwell, William Hazlitt, Fernando Savater, Albert Camus, son primeros platos, segundos e incluso postres. Aunque en su origen surjan de lo que acontece en la rúa, se elevan y en su vuelo plantean los problemas de la calle desde la alta perspectiva que da un vuelo desde las alturas.