Viajes y estancias

 

 

Me recuBonelaerdo de pequeño en Casarabonela, varada toda la familia durante tres meses en una pequeña finca que alquilábamos. Mi padre, es cierto, iba y venía en junio y julio a Málaga por cuestiones de trabajo, pero nuestra madre y nosotros, los tres hermanos, nos mudábamos allá por el quince de junio y no regresábamos a la capital hasta que no se acercaba la segunda quincena de septiembre. Era nuestra Arcadia cuando aún no sabíamos que existía, cuando ni siquiera la necesitábamos.

Nuestros veranos eran sedentarios: la mañana la pasábamos en la finca y nos bañábamos – quizás solo nos remojábamos – en la alberca. Cuidábamos de unas pocas gallinas, regábamos la huerta, robábamos ciruelas porque la dueña del frutal no las comía y dejaba que cayesen a la tierra y allí se pudrieran. Por la tarde, con la fresca, bajábamos al pueblo a casa de una tía, en la plaza, una casa enorme de tres pisos, más patio donde en su tiempo hubo conejos y los retretes al aire libre.

Luego, al mudarnos a Soria, dejamos de volver al pueblo cada verano, pero no nos volvimos más viajeros. Sí que hicimos algunos viajes por Extremadura, sin contar con todas las veces que fuimos desde Soria a Málaga para visitar a la familia, pero estos viajes no contaban como tales. Eran simples desplazamientos a una ciudad que en gran medida era la tuya aunque ya no vivieras allí.

Los veranos de Soria están marcados por las lecturas intensivas, casi frenéticas, y la música. Fue entonces cuando moldeé mi manera de estar en la vida: entre libros y discos, espectador lejano de un mundo que por aquel entonces me interesaba mucho pero respecto del cual guardaba una cautelosa distancia. Eran meses de mucho sosiego, pues apenas salía entre semana y solo los viernes y sábado permanecía en la calle más tiempo, algo que agradecía pues dejar que llegase la noche y el calor disminuyera era algo que agradecía entonces y agradezco aún ahora. Solo un par de veranos me ausenté de Soria: uno a Italia y otro a Francia. Eran aventuras muy controladas, pues íbamos en una excursión con muchos otros turistas, gente con la que tenía poca relación, aunque la curiosidad por otro país nos hubiera unido durante una quincena.

Luego, poco más, un verano en Exeter, y ya de mayor, París varias veces, Praga, Portugal y, sobre todo, Estados Unidos. Imagino que mi desinterés en viajar viene de la infancia y adolescencia, e imagino que otros muchos han crecido con el sueño del viaje como aventura.

Ahora, sin embargo, observo una reacción muy cercana al resentimiento en contra de los turistas. No sé si el programa de itnercambios Erasmus ha facilitado tanto el viaje y las estancias en otros países que ya eso del viaje lo vemos con cierto empacho y pereza o si, en realidad, no es más que un retorno a la antigua actitud española rancia y cateta que se resume en dos frases: “Como en mi pueblo en ningún otro lado” y “El mejor cocido es el de casa”. Al fin, creo, los promotores son esa gente que ven con recelo al que viene de fuera, no necesariamente extranjero. (Es cierto que cuanto más exótico el extranjero más tenderá el español a congraciarse con él para mantenerlo en un situación subordinada, como más o menos explicó Edward Said.) El extraño rompe la armonía, la paz y la tranquilidad de que disfrutamos en casa. Es causa de todo lo malo, siendo lo malo una simple variable dentro de una función que exalta la xenofobia.

Claro que como no pueden dejar de viajar – en el fondo es algo que les encanta – para distinguirse de los otros viajeros han inventado las categorías de viajero y turista, siendo esta última peyorativa, deleznable incluso, y la primera algo distinguido, aristocrático en cierto modo.

Et in Arcadia Ego

DSCF5094Por aquel entonces también teníamos la puerta de la casa abierta la mayor parte del día. Es cierto que una cancela guardaba la pequeña finca en que solíamos veranear y que el pueblo era pequeño, todos nos conocíamos y no había peligros mayores que algunas víboras sueltas o alacranes.

Cenábamos en el porche, y también solíamos comer si el calor no apretaba demasiado. Era finales de los años 70, unos años cargados de buenaventura e infinitas posibilidades, y que el adolescente que yo era entonces, o quizás ni siquiera eso, observaba con admiración y recelo, sin dejarme llevar por el momento ni rechazarlo de plano. También entonces vivíamos a los pies del monte – de la Sierra de la Nieves – y paseábamos por entre los olivares y almendrales y huertas cuando el calor – siempre el calor – no apretaba demasiado. Recogíamos algarrobas, que nunca comimos, y algunos higos chumbos, que sí que comíamos después de enfriarlos porque la sabiduría popular decía que comerlos calientes era malo. La sabiduría popular era, al igual que en otros lugares, equívoca pues a las serpientes solo las nombraba como bichas y la meningitis de una chica del pueblo la achacaba a haber comido almendras crudas calientes.

Íbamos al pueblo y veníamos de él varias veces al día: a comprar churros para el desayuno y ya de paso se los comprábamos a una tía materna que vivía en la plaza, a por el pan o la carne, a ver a los primos, a ver a fulano o a mengano, a pasear por las tarde por el pueblo, con la fresca y ya con camisa y pantalones (por la mañana vestíamos bañador y camiseta). Nada nos daba pereza.

Me gustaba levantarme temprano aunque no tanto como para ver el nacimiento del día, me apostaba en una tapia para ver hurones – si daba la casualidad que ese día pasaban por el camino, o víboras, o cualquier otro animal. Luego iba a comprar los churros.

Ahora, aunque no me aposte a la caza fotográfica de animales, la pereza sigue sin ganarme y no me importa acercarme a la Universidad en domingo para ir a la biblioteca, o para ir a por un café y luego la hogaza de pan, que aquí etiquetan como italiano, como tampoco da pereza subir más allá de donde vivimos – también en la falda de la montaña – para dar un paseo y pararnos en un café muy tranquilo y muy moderno dentro de que es una casa de montaña, toda de blanco, con un enorme mostrador de mármol blanco y una mesa alta con el azúcar, los varios tipos de leche, cubertería, servilletas y dos grifos para el agua: con y sin gas.

La atmósfera es tranquila, la gente lee o habla en voz baja, hay periódicos en la gran mesa que la gente coge y luego devuelve. Sirven unas pequeñas baguettes muy tostadas con jamón, hojuelas varias; nada que ver con las inmensas raciones que sirven en otros restaurantes. El aire acondicionado, de tan suave, parece que no existiera.

Supongo que quien lo dijo llevaba mucha razón: hay años, en la tardía infancia y pronta adolescencia que forman a una persona. A partir de entonces uno solo busca revivir, aunque sea en lugares distintos y muy alejados el paraíso que entonces descubrió.