Fortunas de la edad adulta

 

2014-02-25 10.29.24-6Leo estos días sobre la vida y escritos de la Generación Beat, si es que fueron una generación y no simplemente un grupo de amigos que, por emulación, comenzaron a escribir. Poco tenían en común más allá de la amistad, las muchas horas que pasaban juntos y el homicidio en que todos se vieron envueltos y que puso a algunos entre las cuerdas. (Hubo también otros acontecimientos, como cuando Allen Ginsberg metió en su apartamento a unos delincuentes amigos de Herbert Huncke,  también delincuente juvenil.) Vivieron unos años frenéticos, de viajes, cambios de residencia, urgencia juvenil y escritura desaforada. Luego, la muerte temprana de Jack Kerouac y de Neal Cassady, la dispersión, la vida encarrilada, la sorpresa de seguir vivos, …

Esto, sin embargo, rara vez lo tenemos en cuenta. En esta y entras biografías. Nos sorprenden los años de aprendizaje, ese espacio breve en que las fuerzas del escritor están en ascenso y la percepción de la vida es suprema. La parte adulta, esa en que el escritor ya consciente de sus poderes, y dueño de una voz y de una técnica va dando a la imprenta su visión del mundo ahormada en dicha voz, apenas interesa, si acaso es una coda a la etapa juvenil. No interesa la estabilidad, la repetición de unos hábitos, la investigación pausada, incluso el desmentido reflexivo de lo que en los primeros años el escritor creyó inapelable o innegociable. Sin embargo, tengo la certeza de que el estudio de esos años de madurez son importantes, porque es ahí donde se ve no tanto el desarrollo sino la maduración, con sus cambios, matizaciones y rechazos que solo las mentes verdaderamente poderosas son capaces de llevar a cabo.

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Divagaciones sobre las biografías

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La biografía, cuando es buena, es un género a caballo entre lo literario y lo histórico. Una biografía, lo sabemos, ha de prestar atención a la vida del autor, a los hechos que vivió, a las lecturas que le formaron, los maestros y amigos que le enseñaron el camino y lo acompañaron en su viaje al menos durante un trecho más o menos importante. Los hechos son importantes, necesarios, imprescindibles en una biografía. Si el autor de la biografía inventa, distorsiona — como tantas veces ha ocurrido — u omite, está faltando a la verdad, y eso es uno de los peores defectos, ¡casi un delito!, que puede cometer el biógrafo. No esperamos una hagiografía de ningún personaje histórico, son aburridas y solo sirven para los santos (y eso por nuestra mentalidad, mal que nos pese, posmoderna. Las hagiografías las soportamos, en esta época descreída, gracias a la ironía posmoderna). Nos gustan los claroscuros, los momentos solares y también las caídas en el abismo. ¡Qué aburridos los escritores o los políticos de los que solo sabemos lo luminoso!, ¡qué terrible contribución a la historia de la infamia la de los biógrafos que solo dan cuento de los momentos buenos! Las personas lo somos, entre otras muchas razones, por nuestras incoherencias y nuestras zonas de penumbra o de oscuridad, ¡qué duda cabe!

Pero hay más en el arte de la biografía, mucho más que la documentación exhaustiva y el respeto a o real. Está la narración y el estilo, no solo el estilo de la escritura sino el modo en que se narra esa vida. Hay biógrafos que tienen el don narrativo y saben contarla de un modo amenos, agradable, de tal modo que el interés por el personaje no es solo histórico o erudito sino que nos atrae su vida por el solo modo en que está contada (y sin exagerar ni adornarla de un modo manierista). Eso es lo literario, de eso trataba la retórica y es algo que , a pesar del abandono en que se encuentra, debemos seguir teniendo en cuenta si queremos que la biografía sea algo más que una sucesión de hechos, amistades, éxitos y fracasos.