Fantasmas

Paseo por entre los estrechos pasillos de la biblioteca, entre estanterías atestadas de libros. En el sótano guardan aquellos libros que ya casi nadie pide. Aguardan estos, como los de los pisos superiores un lector que los devuelva a la existencia. Son, en cierto sentido, libros fantasmas, libros que fueron escritos o impresos un día y que luego se perdieron entre los demás en las inacabables hileras que forman las estanterías.

Algo parecido sucede con las páginas de internet. Cada cambio de sistema, de formato o de programa ha hecho que las anteriores en gran medida, se vieran abandonadas por las más modernas, sin contar con la cantidad de páginas que alguien empezó, con mayor o menor ilusión, y que, por falta de tiempo, desgana, o simplemente por aburrimiento, abandonaron. Ahí están en la red, olvidadas, con una presencia ya marchita en la memoria de quien escribía en ellas o, o en la de quienes las leían y comentaba. Algunas fueron lugar de reunión hoy ya vacío e inhóspito.

Algo de fantasmal tiene también el paisaje que va surgiendo de la guerra que ha desencadenado el autodenominado Estado Islámico. Ha bombardeado y destruido otro templo, esta vez en Palmira, o quizás podríamos decir una vez más porque la repetición de noticias parece darlo a entender. Quedan ya solo ruinas, reliquias en un sentido secular, de los que en su momento fue una civilización, que el mundo mantenía por afán museístico – o memorialístico, que dirían algunos ahora.

Comparo la destrucción que lleva acabo el Estado Islámico con la preservación de los monumentos y museos que tuvo siempre presente el ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial. Esta encargó a los expertos en Arte (Erwin Panofsky entre ellos) del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton que señalaran en un mapa los museos, monumentos, templos y todo aquello que fuera patrimonio cultural. Gracias a esta medida, los aviadores norteamericanos, la artillería, etc… no dispararon contra dichos edificios. Entonces hubo una clara idea de derrotar al enemigo manteniendo las bases de la civilización; hoy el Estado Islámico destruye dichas bases porque su propósito último es fantasmal.

Trabajo en la biblioteca

Ayer fue día de trabajo intenso en la biblioteca. El primero de varios, he de añadir porque el monstruo había ido creciendo tanto que en una sola sesión era imposible reconducirlo a su forma original – o más o menos aceptable, porque su forma primigenia era muchísimo más delgada, casi una línea, de lo que es ahora, un mamotreto que va adueñándose de las estancias.

Así que fuimos trabajando en la recolocación de libros, la gran mayoría novelas. Llenando nuevas baldas, removiendo los libros, sacando a la luz aquellos que llevaban varios años en la segunda fila de las estanterías, recordando algunas lecturas, sorprendiéndonos por otras, quejándonos de nuestra mala memoria cuando salía alguna novela que no recordábamos.

Volví a ver “El bello verano” de Cesare Pavese, novelita que debí leer veranos atrás, o “El bandido doblemente armado” y “Burdeos” de Soledad Puértolas, también leídas cuando entonces en los comienzos de casi todo. También algunas de Robert Walser de las que apenas guardo memoria, pero ese poco es, sin embargo, bueno. En el fondo a Walser siempre lo he tenido como un escritor al que he leído muy poco y al que en algún momento dedicaré más atención.

Al final, el reordenamiento parcial de la biblioteca me ha puesto frente a mi pasado. Una vida recorrida a través de los momentos en que leí tantos libros. No tiene nada que ver con esa expresión tan cursi de “la banda sonora de una vida”, algo de lo que, por fortuna, carezco. Es, simplemente, la constatación, alegre y tranquilizadora de que mientras muchos se dedicaron – ahora con más ahínco que nunca – a la refriega, a la pérdida del tiempo en asuntos tan nimios como las asambleas, yo me quedé en casa, intentando aprender de los mejores. Al fin, la labor salió bien pues la demagogia que cada día cala con mayor fuerza, cual aguacero tropical, apenas logra mojarme.

Miscelánea

En el pequeño apartamento hace fresco y cuando llueve apenas se moja el patio; la espesa vegetación que componen los árboles y matorrales del jardín vecino impide que llegue apenas agua. Sirve el jardín de refugio de animalillos. Una mañana de la semana anterior nos despertamos a las cinco de la mañana con el graznido de los cuervos. No era el sonido común y casi parecía una conversación que mantenían entre ellos por la variedad en los tonos y en las inflexiones. Otra noche un pequeño ruido de animal, algo parecido a un maullido, se oía en el patio. No era, desde luego un gato callejero, especie que aquí no existe. Pensamos que podría ser una ardilla, aunque nunca les hemos oído ningún tipo de sonido, o quizás un mapache, aunque estamos demasiados metidos en la ciudad como para que estos animalillos, tranquilos, en su andar, a veces parece que apesadumbrados, que van ensimismados en sus pensamientos, merodeen por nuestra casa.

Tenemos pocas cosas, las justas habría que decir, y la vida no parece más difícil que si se poseen muchas. A veces, es cierto, echamos de menos la música, pero poco más. En la Universidad hay más libros de los que nos podríamos leer en varias vidas y aun así hemos comprado algunos, pero casi no merece la pena rebuscar entre las estanterías de las tiendas cuando tienes la certeza de que podrás encontrar algunos tesoros en el tercer piso de la biblioteca.

Bibliotecas y otros mundos

Hablan los asiduos visitantes a la bitácora de Antonio Muñoz Molina de las bibliotecas y muchos constatan que ya apenas van los jóvenes y es normal que desaparezcan aquellas.

No lo veo tan normal. Una biblioteca no es solo un lugar donde se guardan libros hasta que alguien llega y los pide prestados para leerlos. Una biblioteca es también, quizás sobre todo, un espacio de la memoria, de la acumulación de la palabra escrita a lo largo de los siglos. Las bibliotecas guardan los libros, pero sobre todo guardan los libros que una vez se publicaron y ahora están descatalogados. Sin ellas tendríamos solo las novedades y algunos clásicos.

Algunos acumulamos libros en casa y aun así no dejamos de ir a las bibliotecas proque sabemos que hay libros que no están ya disponibles y, sin embargo, son necesarios al menos una vez en la vida.

Internet con sus buscadores, nubes y programas de digitalización está conviertiéndose en una inmensa biblioteca. Probablemente dentro de poco no tengamos que desplazarnos a las bibliotecas, casi con total seguridad desaparecerán lso edificios con ese nombre, pero seguriá habiendo almacenes de libros para que podamos leerlos, consultarlos, recuperar parte de nuestra memoria como sociedad.

La Biblioteca de Alejandría se quemó y todo el mundo coincide en que fue una gran pérdida (o habría que decir: todo el mundo coincidía). Una biblioteca es nuestra memoria, lo que hemos hecho, lo que hemos querido ser. Quizás haya muchos edificios pero, aunque vaya poca gente, la biblioteca es imprescindible.

Los ataques contra ella se enmarcan en los ataques a lo que tenemos de humanos, a nuestra tendencia a guardar los vestigios del pasado, a nuestro aprendizaje de quienes nos precedieron. Siempre ha habido quien se ha empeñado en forjar el hombre nuevo, aquel que está libre de la rémora de la memoria y del pasado. También quien ha querido quemar las bibliotecas o espurgarlas de libros nocivos.