El frío helor

Portugal 2010 041

En la libertad del creador está la de la no-creación. Es una – otra más – brillante intuición de George Steiner. Lo mismo que los cuartetos de Beethoven son, podrían no haber sido. No hay necesidad en la creación ni en la voluntad creadora; es todo contingencia. Frente al mito del artista que no puede ser otra cosa, se alza – fría, distante, desdeñosa – la certeza de que todo podría no ser. La nada es lo primigenio y frente a ella ocupamos el espacio y el silencio para que la vida sea soportable.

Hay aquí un inmenso problema teológico: el ser humano podría no haber existido, y sin él, estos sentimientos efusivos pringosos tan propios de nuestra mísera posposmodernidad: me refiero a la afectividad y demás sentimentalismos – no serían.

La creación, también, es, a veces, la del vacío, como exploró José Ángel Valente en su poesía o Eduardo Chillida en sus esculturas.

Crear el vacío en que la nada habita, rodearla para atrapar su silencio o la ausencia que la habita. La fría revelación que nos anunciaba, en nuestra inexperta infancia, Hans Christian Andersen en “La reina de las nieves”.

Desafinado

En la vida existen coincidencias, esos momentos de conjunciones que los científicos se empeñan en negar y los aficionados a la astrología solo saben enfatizar. Entre unos y otros, Mallarmé dijo aquello de “Un coup de dés jamais n’abolira le hasard”. Esto viene a cuento de que este fin de semana he estado leyendo a Thomas Bernhard, una vez más, sí, aunque en cierto sentido por primera vez. He estado leyendo su teatro, que tenía apartado, acaso esperando una ocasión propicia. Un momento como este, de lecturas que al final terminan siendo flojitas, débiles, y uno necesita algo fuerte para mantener el tono vital. Bernhard, junto con Samuel Beckett, por ejemplo, o Emil Cioran, son tónicos que deberíamos prescribirnos cada cierto tiempo. Contra la melancolía, la depresión, el spleen, etc, estos escritores son lo indicado. Habrá quien los rechace. Es comprensible en una sociedad donde hemos caído ya casi en el punto cero de la voluntad afirmativa de la vida.

Leía este fin de semana, como iba contando, el teatro de Bernhard, en concreto El ignorante y el demente y La partida de caza. Dos obras sobrias, reducidas a la mínima expresión y, por esa concentración, sin embargo, cargadas con una fuerza brutal que sigue resonando después de la lectura (aunque qué duda cabe de que la representación de las mismas sería lo mejor).

El domingo, en vez de quedarme en casa y atacar – en el sentido musical – otra de las obras de teatro, decidí ir al cine a ver El último concierto. Trata de los problemas de un cuarteto. Situados en un momento crítico, el cuarteto está a punto de desmoronarse por obra y gracia de los egos de cada uno de los intérpretes (de todos menos de cellista, el de más edad de entre todos ellos, por cierto, el único que de veras quiere que la formación continúe).

La película gira en torno a la última interpretación del cuarteto de cuerda op. 131 de Beethoven. Las interpretaciones y, en algunos casos, breves explicaciones sobre el cuarteto ayudan a prestarle más atención, a entender si acaso un poco más, esa obra tan fascinante que uno puede estar escuchando sin pausa un días tras otro. Las referencias que al principio de la película se hacen a Four Quartets de T.S. Eliot, son interesantes y abren una nueva dimensión.

Sin embargo, creo que una referencia a Bernhard, a esas novelas suyas sobre el genio, la música y la enfermedad (también presente en El ignorante y el demente) habrían ayudado más. Al fin, la película y varias de las novelas de Bernhard tratan de lo mismo. Con la gran diferencia de que el humor de Bernhard está ausente en la película que bascula hacia el sentimentalismo y la tragedia, sin caer nunca en ninguno de los dos. La película se plantea como un drama moral y en lo visual busca la esteticización de la ciudad hasta tal punto de que Manhattan parece en algunos momentos una ciudad centroeuropea.

Hay un algo que la une, ya digo, la música, la idea de que la literatura o el cine pueden componerse como una serie de movimientos en las que variaciones y temas principales o secundarios conforman la estructura. Quizás también la tristeza que, a decir de los entendidos, ocupa las obras del último Beethoven, están presentes, en una quizás con un cierto derrotismo, del que no termina de salir, y en otro caso, como una carcajada sardónica que el maestro lanza a la cara de todos sus oyentes, o lectores en este caso.

Sensaciones

” Estos días azules y este sol de la Infancia “, el famoso último verso de Antonio Machado es lo que me viene a la cabeza estos días mientras trabajo y por la ventana se cuela la luz cálida de este invierno tan extraño por tantas razones. Aunque en realidad he de confesar que el sol, su luz y su lumbre, me provocan siempre una sensación de extrañeza que se acentúa con el frío que intuyo afuera.

Crepúsculo

Hay hechos que son, en un primer momento, un alumbramiento. Parecen contener en ellos el germen de lo nuevo, de la oportunidad que se nos da por primera vez, o incluso por segunda o tercera. Así ocurre, a veces con las parejas que, divorciadas, vuelven a rehacer sus vidas con otras personas. Hay en ellos algo de luminoso que los acompaña durante algún tiempo. También en la ocasión de un nuevo alumbramiento, como el mismo nombre dice inequívocamente, aunque los padres hayan ya cruzado la barrera de la edad convenida o recomendada.

Hay también otros que desprenden luz pero que están teñidos del halo crepuscular que señala el tiempo que se va acabando. Hay grandes obras en la historia que han sido concebidas o ejecutadas cuando ya el tiempo del artista como tal declinaba. Las rodea esa aura blanquecina, desteñida diríamos, que emana de lo que ya ha cruzado más de la mitad de su existencia. La luz, que no tiene por qué dejar de ser cegadora, anuncia, al mismo tiempo, su ocaso. La grandeza deja entrever el final que se acerca irremediable. Algunas de las más grandes obras artísticas tienen esa característica. Otras, empero, van alejándose por el final del pasillo en penumbra conforme el resplandor se va apagando y el sonido queda amortiguado por el ruido de pisadas lejanas que no logramos ver.