Todo es frágil e inestable

Todo es leve e inestable: la vida, el cuerpo, el canto de los pájaros en las avenidas, los bulevares y las ramblas. Todo dura solo un instante aunque queramos creer que el tiempo no se detiene y todo continúa. Lo que ayer fue, mañana, esta misma tarde ha dejad de ser: “Fue sueño ayer, mañana será tierra”. Apenas un leve anuncio, un estremecimiento, y todo se ha desmoronado en un instante, antes incluso de que lo viéramos.

Todo pasa, nada queda, aunque el poeta soñara con un rastro en el tiempo, que la realidad desmiente, porque al final, el recuerdo se desvanece y su sitio lo ocupa el vacío. Como los muertos de hoy, como Will More, que falleció días atrás y era ya sombra desde hacía años.

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Ese pirata

Padilla, ese torero pirata, ese hombre que sale a la plaza con un parche que tapa la cuenca vacía de un ojo. Al toreo lo están arrinconando, lo están empujando para que se vuelva ilegal, como a los piratas. De ser un espectáculo central en la cultura española, está quedando en algo residual y mal visto.

Los animalistas creen que es por la labor que ellos están ejerciendo para que lo prohíban. Se equivocan. El toreo va a terminar siendo algo marginal, de mal gusto y sospechoso por algo tan sencillo como que nos hemos urbanizado y ya nadie sabe lo que es la vida en el campo, con sus asperezas y olores fuertes y vida sin maquillajes. Ya nadie joven ha visto nacer un ternero ni ha visto la matanza del cerdo. Así, cuando la gente piensa que a vida animal es algo parecido a una película de Walt Disney, los animalistas ganan.

Luego está el Ayuntamiento de Barcelona, que prohíbe la foto de un torero.  Hoy en día un torero no puede representar la imagen de una ciudad que se quiere cosmopolita, aunque no lo sea. Los poderes públicos de Barcelona prohíben. Los nacionalistas que proclaman una nueva sociedad prohíben. Los ciudadanos, embargados en esa antigualla que es el sueño rancio de la nueva sociedad no quieren ver la prohibición.

A propósito de una exposición de fotografías de Joan Colom

Poco antes de que clausuraran la exposición de Joan Colom, me di un garbeo por ella. El tema era la vida en el Raval barcelonés. Creo, por lo poco que sé de Colom que ese es su tema único. (Hace años publicó sus fotos acompañando algunos libros de Camilo José Cela).
Las fotografías de la exposición fueron tomadas a finales de la década de 1950 y entre 1990 y 2000. Colom hace una fotografía documentalista, exenta de preparación, una fotografía que obliga a pasear por las calles con una cámara pequeña y la atención despierta y en permanente guardia. La sorpresa surge en cualquier momento y en cualquier esquina.
Son en su mayoría fotografías de prostitutas, de las de entonces y de las de ahora, y el contraste revela bien el trecho recorrido en España y la permanencia de algunas costumbres, entre otras que lo que entonces era el Barrio Chino y hoy se llama el Raval fue y es el centro de la prostitución callejera barcelonesa. Resulta instructivo darse una vuelta por la ciudad, observar sus zonas y recalar al final en Las Ramblas y el Raval, lugar de turistas y carteristas, de prostitución, de drogas, cercano al puerto como suele ocurrir en tantas ciudades. Las zonas aledañas al puerto reúnen el otro lado de la sociedad, la parte oscura y siniestra, pero también requerida y a veces necesaria.
Las fotografías de prostitutas también revelan el cambio estético. Ahora son jóvenes delgadas, vestidas con minifalda o pantalón ajustado. En los años 50 eran mujeres en la edad mediana, vestidas con faldas, obesas, con un vientre prominente. Cerca de donde solían trabajar, el espectador observa una clínica ginecológica primitiva, en la que puede imaginar a las prostitutas realizándose legrados, abortos de los de entonces. Las prostitutas entonces no lograban, quizás ni siquiera querían, disimular el tiempo que las iba venciendo. Quizás por eso, por los decorados ingenuos de las cafeterías que anunciaban las últimas novedades en bebidas y aperitivos, las fotografías de entonces han adquirido una candidez que las aleja de la sordidez que seguro entonces tuvieron en la vida y que sin duda todavía hoy mantienen.
Mientras recorría la exposición en mi garbeo sabatino, recordaba las páginas en que algunos escritores de la generación del 50 hablan de la prostitución en Barcelona, sus incursiones en el Barrio Chino, la búsqueda de algunas prostitutas, el sentimiento de rebeldía y de enfrentamiento al poder establecido. Me dio por pensar que el franquismo estaba enterado de la prostitución y la toleraba porque sabía de su poder para mantener la tranquilidad social. Incluso la Iglesia sabría de ello y lo permitiría.
También pensaba que la mitificación literaria chocaba contra el disolvente de las imágenes. Estas mostraban una realidad cruel y sórdida, carente de belleza y elegancia.
Fue la invención de la épica del transgresor, que acudía a las atracciones permitidas y que después regresaba a su casa burguesa mientras aquellas señoritas o señoras con hijos volvían a sus cuartos de pensiones o a sus apartamentos mínimos muy cerca de donde hacían la calle.
En otro orden, este domingo he visto Matrimonio a la italiana, una película con Marcello Mastroiani y Sofía Loren que trata el tema desde otro punto de vista. El señorito hace de la joven prostituta una mantenida que vive escondida de la buena sociedad.