Cartas del pasado

Vamos viviendo, se van sucediendo las mañanas de luz tamizada por la niebla ligera. En los árboles, las hojas van cayendo. De vez en cuando se oye en la lejanía las risas y murmullos alegres de los escolares que salen de clase o están en la hora del recreo. En el despacho rara vez escucho música. Leo, escribo o miro por la ventana mientras el tiempos e alarga hasta el infinito. Las mañanas quizás no suelen ser muy productivas, pero sí al menos cunden.  Pasan las horas, los días, la luz se vuelve blanquecina, casi lechosa, se espesa algo, y a veces parece que le salieran grumos.

Releo esto que escribió años atrás Antonio Tabucchi: “hay personas que esperan cartas desde el pasado, cartas que nos expliquen un tiempo de nuestra vida que nunca entendimos, (…) aquello que entonces se nos escapó” y pienso que va a ser un ejercicio obligatorio para todos nosotros en los próximos años el intento de comprender qué fue lo que falló en la construcción de una sociedad civil responsable.

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Antonio Tabucchi

El domingo, creo, dijeron que Antonio Tabucchi había fallecido. Fue el martes cuando busqué sus libros en la biblioteca. Por una casualidad no estaban ocultos por otra fila de libros. Parecía que me estaban esperando.

Los cogí y puse sobre la mesa, miré la fecha de lectura de cada uno. Dicen que los leí en los años noventa, excepto  el último, que lo leí hace unos pocos meses, ignorante de que ya la enfermedad cercaba la vida de Tabucchi.

Empecé a leerlo en un momento de mudanza, mientras vivía entre Soria y Valladolid. Quizás por ello el recuerdo que tengo es de una literatura para la que la realidad no es lo que parece. Esta se escapa a nuestra comprensión. No se trata de que podamos comprender lo que sucede. Hay algo elusivo en sus historias. La realidad es un falso espejo o está distorsionada por un cristal traslúcido que se interpone entre nosotros y ella. Sostiene Pereira, que fue la última que leí hasta el último libro de relatos, no era así, sin embargo. En ella la realidad era bien tangible. Quizás ayude a dicha sensación que primero viera la película y luego leyera la novela. Entonces el mundo de Tabucchi adquirió espesor y consistencia. Recuerdo sobre todo el salón amueblado con austeridad, incluso con cierta escasez, casi pobreza, en que se movía Marcello Mastroiani.

El último libro tenía como uno de los motivos principales el paso del tiempo, la imposibilidad de volver atrás, y ahora, cuando conozco la noticia de su deceso, adqueiren un brillo apagado y lejano, desasosegante y frío, como si allá al fondo nos estuviera esperando ese callejón sin salida.

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Los volúmenes de las historias de Tabucchi, algo descoloridos por la edad, muestran una rotundidad objetual muy poco común. Son libros finos que no se exceden en el número de páginas. Ahora parece que hubieran adelgazado sin perder peso ni consistencia. Aún pesan, y el papel es grueso, al menos comparado con el que usan ahora.