Juventud, divino tesoro

Se ha muerto la semana pasada Elías Querejeta, y se ha muerto joven. A pesar de que hubiera nacido en 1934, Querejeta mantenía un espíritu jovial, al que se le unía la experiencia de la madurez. Una semana antes, creo, concedieron a Antonio Muñoz Molina el premio Príncipe de Asturias de las Letras, y el jurado, y los periodistas como obediente corifeo, señalaron la juventud del ganador, juventud comparada con anteriores galardonados. Per aquí el espiritu, sin embargo, es el de alguien con mucha experiencia.

Los periodistas, y con ellos, los jurados, los presidentes, los ministros, los directores de la cosa y de la nada, todos, señalan siempre la juventud del interfecto. ¡Como si la juventud fuera un valor absoluto y no relativo!, ¡como si la juventud significara algo!, ¡cómo si la madurez y la experiencia no fueran más importantes!

¡Como si esos que tienen la palabra juventud en la boca constantemente como si fuera un concepto o un teorema no estuvieran envejecidos ya en su ánimo!

La gente de la cultura, más allá del bien y del mal

Hay algo que cada vez aguanto menos: el engolamiento de quienes dicen dedicarse al arte, la cultura y la literatura. En cuanto se les brinda la menor oportunidad, nos recuerdan que ellos – dicho de manera enfática – están comprometidos con la verdad y la justicia.

El último ejemplo ha sido la zapatiesta que algunos han montado por la simple razón de que Antonio Muñoz Molina, en el ejercicio de su libre voluntad, ha decidido ir a recoger un premio otorgado por la ciudad de Jerusalén. No han esperado ni un minuto en lanzarse sobre él para afearle la conducta. Parecía que no tuviesen cosa mejor que hacer, parecía que estaban ayunos de causas con las que comprometerse por la salvación de la Humanidad – esto también dicho con énfasis – y han encontrado esta circunstancia para recordarnos que los intelectuales, que la gente de la cultura, que los filósofos, literatos, artistas tutti quanti han estado, están y estarán siempre comprometidos con la justicia, la libertad, la solidaridad y todo aquello que pueda ser dicho con énfasis (porque, añadamos, el énfasis es muy importante en estas causas).

La memoria, sin embargo, a mí me juega malas pesadas, y recuerdo que hubo escritores, brillantes, que defendieron el fascismo de principios del siglo XX, entre otros Ezra Pound o Louis Ferdinand Céline, más los que en España fueron falangistas o justificaron a Franco. Otros hubo, en España también y en otros lugares del mundo, casi siempre esos lugares que llamamos civilizados, que dedicándose a la filosofía, a la cultura o a la literatura, si no a todo junto, cumplieron lo que Julien Benda describía en La traición de los clérigos, y apoyaron a la URSS, a Mao en China, a Pol Pot en Camboya, a Fidel Castro en Cuba, al Che Guevara allá donde estuviera. Tampoco nos tenemos que remontar al pasado. En los años ochenta, buena aprte de la izquierda europea apoyó a Gadafi por el mero hecho de que este se enfrentó a Estados Unidos, mientras olvidaban la opresión en que mantenía a los libios. Hoy en día hay quien ve con buenos ojos regímenes autocráticos como el iraní u otros también por la mera razón de que se oponen EEUU o a cualquiera de sus socios. Así, la represión política que pueda haber en algunos estados musulmanes, por ejemplo, es algo que carece de importancia por el simple hecho de que luchan contra el imperio norteamericano, olvidando estos revolucionarios lo que Marx dejó escrito en el 18 brumario de Luis Bonaparte acerca de la revolución.

Menos engolamiento, menos énfasis, más pirronismo, más escepticismo a la manera de David Hume, por poner un ejemplo, no les vendría mal. Para combatir el mal, la injusticia y otras calamidades ya tenemos la liga de la justicia.

Vísperas

Se acercan las Navidades. Al igual que otros años, surgen las discusiones, este año amortiguadas por la dura crisis, de si la Navidad es una celebración cristiana o si, por el contrario, ya ha perdido su elemento exclusivo de ser algo cristiano y es simplemente parte de la cultura occidental. También hay quien se pierde en si debemos felicitar las navidades, el solsticio de invierno o el cambio de estación, aunque nadie dice que sería mejor no felicitar nada y olvidarnos de la fiesta.

Son, en fin, las discusiones sempiternas. Mientras tanto en la mesa se apilan algunos libros que he de leer y acabar en breve: El atrevimiento de mirar, Dear Life, Arguably, y, algo más alejado, Los demonios, una de esas obras mayúsculas que algunos leen en su juventud y yo he pospuesto hasta esta madurez borrosa, indefinida, carente de sentido.

En Navidades, más allá de celebraciones,felicitaciones y discusiones cercanas a los flatus voci, leo literatura rusa, por aquello del grosor de los libros o por el frío, o simplemente, como todo lo que tiene que ver con la literatura, porque me gusta.

Bibliotecas y otros mundos

Hablan los asiduos visitantes a la bitácora de Antonio Muñoz Molina de las bibliotecas y muchos constatan que ya apenas van los jóvenes y es normal que desaparezcan aquellas.

No lo veo tan normal. Una biblioteca no es solo un lugar donde se guardan libros hasta que alguien llega y los pide prestados para leerlos. Una biblioteca es también, quizás sobre todo, un espacio de la memoria, de la acumulación de la palabra escrita a lo largo de los siglos. Las bibliotecas guardan los libros, pero sobre todo guardan los libros que una vez se publicaron y ahora están descatalogados. Sin ellas tendríamos solo las novedades y algunos clásicos.

Algunos acumulamos libros en casa y aun así no dejamos de ir a las bibliotecas proque sabemos que hay libros que no están ya disponibles y, sin embargo, son necesarios al menos una vez en la vida.

Internet con sus buscadores, nubes y programas de digitalización está conviertiéndose en una inmensa biblioteca. Probablemente dentro de poco no tengamos que desplazarnos a las bibliotecas, casi con total seguridad desaparecerán lso edificios con ese nombre, pero seguriá habiendo almacenes de libros para que podamos leerlos, consultarlos, recuperar parte de nuestra memoria como sociedad.

La Biblioteca de Alejandría se quemó y todo el mundo coincide en que fue una gran pérdida (o habría que decir: todo el mundo coincidía). Una biblioteca es nuestra memoria, lo que hemos hecho, lo que hemos querido ser. Quizás haya muchos edificios pero, aunque vaya poca gente, la biblioteca es imprescindible.

Los ataques contra ella se enmarcan en los ataques a lo que tenemos de humanos, a nuestra tendencia a guardar los vestigios del pasado, a nuestro aprendizaje de quienes nos precedieron. Siempre ha habido quien se ha empeñado en forjar el hombre nuevo, aquel que está libre de la rémora de la memoria y del pasado. También quien ha querido quemar las bibliotecas o espurgarlas de libros nocivos.