Tristeza

Hay gente que ha pasado su vida dando razones para alegrar a los demás, no para que vivieran en esa dicha un tanto boba que es en lo que hoy se ha convertido la alegría, pero sí en ese estado en que el espíritu es fuerte y jovial. La tarea es titánica porque resulta dificilísimo mantener la tensión de manera prolongada. Lo queramos o no, siempre hay momentos malos, momentos en que a uno el ánimo se le cae, o se le derrumba.

Aun así, persevera esa gente en ese ánimo jovial, sin que les falte una punta de tristeza, de melancolía o de pesimismo. Al fin y al cabo, hay demasiado estúpido como para estar siempre felices. El estúpido se cruza en tu camino y si no te pone una zancadilla, te aburre con sus monsergas.

Con el pesimismo, uno puede caer en la melancolía o en la ira, y las dos son disculpables en quien ha hecho de su vida un ejemplo de alegría. Depende del ánimo y del mundo para decantarse por una o por otra. Si eres introvertido, te agarrará la melancolía con casi total seguridad, si vives asomado al mundo, quizás sea la ira la que te domine, una ira, claro, rebajada y que no es violenta.

Los pequeños detalles que iluminaban la vida ya no lo hacen: ni importan los amaneceres ni las melodías favoritas, ni tampoco siquiera la poesía, tan melancólica ella tantas veces.

En fin José Antonio Montano también ha escrito sobre el tema, Savater en Empson, de manera más clara y más sagaz también seguramente. Lo he visto cuando ya había acabado este articulito, y prefiero citarlo.

Años antes escribió esto, también sobre Savater

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Otredad

“Los otros todos que nosotros somos”, escribió Octavio Paz, allá por 1949 cuando aún las cosas no habían caído ni los conceptos había sido maltratados, y la otredad era un reconocimiento en el otro de lo que soy.

Pero traigo aquí a Octavio Paz porque he leído los que Fernando Savater dice de él en “Las ciudades y los escritores”. más que lo que dice, es el modo en que lo dice. Uno piensa que solo deberíamos hablar de otros escritores con el mayor entusiasmo. Es esta una época que se dice desmitologizadora pero que no pasa de resentida. Nos afanamos en hablar mal de los demás, con un propósito de desmontar las falsedades que alguien — a veces ellos mismos — crearon alrededor de personas notables, y lo único que se ve es el resnetimiento del que, apelando a tan alta misión, no pasa de ser alguien amargado y resentido que no acepta que otros sean mejores.

Hemos perdido la alegría filosófica — esa que tan bien ha teorizado Savater y que ha hecho de ella piedra medular de su vida –, aquella que nos empuja a ser mejores y a serlo con quienes nos rodean. En un situación así, ¿de qué sirve la otredad?