Anonimato

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[…] multiplicada en el resto de los cuerpos que caminan
y proyectan una sombra semejante
a la mía.

Belén Artuñedo

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Nautilus

submarino-argentino-ara-san-juanEnormes animales prehistóricos que se deslizaban por los océanos (la mar océano de los clásicos) con parsimonia y decisión, despreocupados. Eran pocos: los elegidos. De vez en cuando oías de alguno que se acercaba a la costa, pero solo lo avistábamos en la lejanía. Los ingenieros habían imitado la forma de los cetáceos, de los cachalotes, en concreto más que de los rorcuales o de las ballenas azules.

Todo ese mundo submarino tuvo su mejor expresión en 20000 leguas de viaje submarino con el Nautilus del profesor Nemo. Desde la sala de observación los pasajeros –  y nosotros, los lectores que supimos de sus andanzas gracias a libros ilustrados – asistían al descubrimiento de un mundo maravilloso, cual si fuera un gabinete de curiosidades exóticas. Si en la superficie estaban la India o Macao, bajo la superficie se encontraba ese mundo desconocido, silencioso y fascinante de los calamares gigantes, las pequeñas criaturas marinas o los peces que aún no habían llegado a las lonjas o a los museos.

Años más tarde llegó Jacques Cousteau, que popularizó el batiscafo, que en cierto modo hacía realidad la ficción de Julio Verne, al lograr descender ese minisubmarino hasta profundidades abisales. Hubo también películas, as de unos hombres con un temple especial que aguantaban recluidos en un lugar mínimo con luz eléctrica y sin salir a la superficie durante varios días. Era una épica a la que nunca le vimos peligro. Era, en cierto modo, el triunfo de la camaradería.

En su interior, sin embargo, habitaba el peligro, en el que nunca pensamos. Sabíamos que iban propulsados por energía nuclear, que transportaban torpedos, pero, a pesar de todo, rara vez las cargas de profundidad de los barcos lograban alcanzarlos y, tras varias semanas de misión, regresaban a puerto con ganas de retomar la vida suspendida.

Estos días hemos sabido que no era así siempre. Puede ocurrir que un submarino sufra una avería en plena travesía y se hunda con toda su tripulación, o que estalle.

Solo quien tiene un temple especial viaja en esos buques que asemejan viejos animales extintos.

El tiempo abolido

20171029_51Suena “Tears on My Pillow” de un disco que compré, años atrás, en Boulder, en una estancia larga. Fue un verano largo en Boulder, en el apartamento de la Universidad que ocupamos tan cerca de todo y al tiempo tan escondidos. Solíamos seguir el cauce del regato cuando íbamos a comprar, pasábamos por debajo del puente junto al carril-bici, cerca del campo donde entrenaba el equipo universitario de fútbol americano.

Los discos te acompañan durante tu vida, algunos te sobreviven; otros, sin embargo, de tanto escucharlos has de comprarlos varias veces. Ya sabemos que el uso es desgaste. Quizás el sueño de la duración casi eterna de nuestros objetos no sea más que un consuelo. Ahora, además, contamos con innumerables versiones del mismo tema. Podemos ocupar toda una tarde escuchando “Tears on My Pillow” en las versiones de innumerables grupos de música vocal. Fue algo muy popular en los años cincuenta y sesenta en los Estados unidos. Grupos de muchachos que se unían para cantar música, casi siempre romántica, utilizando fundamentalmente las armonías vocales. Se acompañaban de un piano y una batería, a veces un saxofón. “The Turbans”, “The Pastels”, “The Fiestas”, Frankie Lymon and the Teenagers”, “The Marcels”, “Maurice Williams and the Zodiacs” fueron algunos de ellos y “Simmy, Shimmy, Ko-Ko-Bop”, “Been So long”, Blue Moon” “In the Still of the Night”, “For your Precious Love”, “Why Do Fools Fall in Love”, algunos de los éxitos de verano que surcaron las ondas radiofónicas en los días de la segunda mitad de los años cincuenta y comienzos de los sesenta.

La historia – nos lo dijo Ezra Pound – no es sucesiva sino simultánea. Gracias a tan genial intuición pudo escribir los Cantares. Todo ocurre en el mismo momento; quizás, además, en todo momento. Así, la historia no es una sucesión de momentos fallidos, como podía pensar T.S. Eliot, sino un único instante que tiene lugar en cada momento. Esto que Pound propuso ha venido a cumplirse hoy en día, de un modo quizás degradado, con las posibilidades de almacenamiento y reproducción de música y de imagen. Podemos escuchar varios conciertos de un mismo grupo en los que la única diferencia reside en el orden de los temas interpretados y el físico, cada vez más avejentado, perdido ya el esplendor juvenil en los últimos, casi espectros de sí mismos. También podemos encontrarnos con la misma versión de un tema interpretado por infinidad de intérpretes. Quizás no haya mucha diferencia entre esas versiones pero sí que es sintomático que guardemos, y concedamos el mismo valor, a interpretaciones que se hicieron a mediados del siglo XX y a otros de inicios del siglo XXI. No transcurre el tiempo, o no podemos sentir de igual modo el transcurso, si no existen huecos temporales que no podamos rellenar. Hasta ahora así era con la historia. Quizás la técnica haya ayudado a esa tendencia al recuerdo inexorable de nuestro tiempo.

 

Tan cerca, tan lejos

DSCF7086Despertarse temprano, aunque tampoco demasiado, vestirse, mirar por la ventana y ver que todo está tan cerca y tan lejos, al fondo el grandioso horizonte de las montañas nevadas. Hace un calor tibio, hogareño en la cafetería a la que me acerco, calle arriba, a tomar un té y un pequeño dulce de canela. La gente llega, se sienta en silencio, algunos esperan que lleguen sus amigos – las pequeñas tertulias del domingo por la mañana de un otoño o de un invierno perdido. Apenas hay ruido, solo conversaciones rumorosas, el sonido de las teclas de un ordenador o de las páginas de un periódico. Las blancas paredes y las mesas de madera barnizada.

Desde la ventana, todo tan cerca y tan lejos, me veo reflejado, congelado en el tiempo. Para siempre, quizás, sin posibilidad de que la imagen varíe.

Asombro y pregunta

Noviembre 2017 028Más que respuestas hay preguntas, derivadas del asombro ante una situación que, aun habiendo llegado al esperpento, sigue sin ofrecer una explicación clara, o al menos una explicación que no caiga en el ridículo o en la miseria humana.

Me refiero a los argumentos para defender la independencia catalana. Entiendo que haya gente convencida de que se puede hacer un referéndum saltándose la ley, entiendo que haya gente que piense que fuera de España estarían mejor, y mejor también fuera de la Unión Europea. También entiendo que haya gente que llevada por la urgencia quiera declarar la República catalana sin haber puesto los cimientos del Estado. Hay gente que, en su extremada incultura política, piensa que la voluntad es la única condición necesaria para que exista un estado, cuando, en realidad, es la voluntad el mayor obstáculo para la existencia de un estado viable.

Lo que no entiendo es la banalización. No entiendo que haya gente dispuesta a banalizar cualquier cosa con tal de salirse con la suya. Sabemos que la banalización conlleva la reducción de la hondura humana (podría decir ontológica) de los hechos. Gracias a que durante varios siglos las personas nos hemos negado a banalizar hemos logrado construir un sistema moral y una sociedad con valores fuertes, donde la dignidad humana es uno de los faros que alumbran nuestra acción.

Por esa dignidad, que no ha podido ser abordada por la banalización, hemos logrado tener una declaración de derechos humanos, hemos logrado que haya crímenes a los que denominamos de lesa humanidad, que el genocidio sea perseguido legalmente, entre muchos otros ejemplos. La condición necesaria en todos estos casos es que no rebajemos la maldad en tales casos. Un genocidio, un crimen de lesa humanidad han sido hasta ahora, en gran medida lo siguen siendo, acciones cuyas consecuencias son de tal gravedad que quedan inmediatamente fuera de lo que humanamente podemos aceptar (entendiendo humanamente como aquello que nos configura no solo biológicamente sino moralmente). Un genocidio es una acción tan brutal que al instante los genocidas quedan fuera de todo ese sistema de valores propio y exclusivo de las personas. De ahí que digamos que es inhumano (en el sentido moral), aunque solo un humano (en el sentido biológico lo pueda cometer).

Hasta ahora, repito, la banalización no afectaba, al menos no de manera fuerte ni sistemática, aunque seguro que habrá quien pueda aducir casos sueltos, a ese núcleo de la condición humana. Teníamos unos valores que, no solo promocionábamos, los protegíamos porque sabemos que solo protegiéndolos, levantando ciertas barreras alrededor de ellos, la condición humana podía continuar.

Al fianles del siglo XX, con eso que llamamos la Posmodernidad, la banalización comenzó a ganar terreno. Cada vez menos asuntos eran vistos desde un punto de vista recto. La mirada irónica, o torcida, o desmitificadora – que en algunos casos era necesaria – tuvo cada vez mayor importancia, cada vez más gente se apuntó a ella. De la mirada irónica se pasó a la banal con una facilidad extraordinaria. Si podíamos mirar el mundo de manera desmitificadora, ¿por qué no mirarlo de modo que rebajásemos su densidad humana o experiencial? Total, ya en el Renacimiento y Barroco, tuvimos la mirada picaresca, que, con bastante facilidad podríamos asemejar a la banalizadora. Además, si no hay unos valores fuertes, si hay relativismo (aunque no pluralismo), ¿por qué íbamos a mantener la ficción de los valores fuertes? Eso sin contar con que después de veintiséis siglos de filosofía centrada en la ontología, la epistemología, la metafísica y algunas otras ramas de ese amor por el conocimiento, bien podíamos tener un recreo y dedicarnos a asuntos algo más livianos: la música rock, la comedia de Hollywood, o la simbología del peinado en la sociedad americana. Así, poco a poco, se fue colando la banalización en la sociedad; colándose con un cierto marchamo respetable.

De ahí que ahora en Cataluña haya quien no tenga problemas en hablar de presos políticos, de una sociedad totalitaria o de campos de concentración, referido todo esto a España. Cuando oigo las respuestas de los políticos independentistas a las preguntas de los periodistas, no salgo de mi asombro por dos razones: la primera es que los argumentos de todos son idénticos y no se apartan lo más mínimo de unas cuantas respuestas memorizadas que repiten cual fueran autómatas. Esto sin embargo no es lo peor. Entiendo que no siempre todo el mundo tiene la misma capacidad para responder algunas preguntas y es bueno que todos estén adiestrados en repetir lo mismo para que no haya deslices de ningún tipo. Además, la repetición ad infinitum de lo mismo ayuda a la cohesión grupal y evita la existencia de heterodoxos. La segunda razón tiene que ver con el uso que hacen de algunos de los peores sucesos del siglo XX. Tanto el totalitarismo como el genocidio han sido hechos que han avergonzado a la sociedad. Hasta tal punto que hay un acuerdo social respecto al totalitarismo y al genocidio: acuerdo que es de rechazo y de imposición de penas más graves que en otros casos. (A veces no logramos identificar el totalitarismo o el genocidio hasta que es demasiado tarde, pero ese es otro asunto.)

Cuando en estos días hay gente, en realidad la gran mayoría de los independentistas, que para lograr que la balanza de fuerzas se ponga de su lado (la balanza nunca la razón) acusan al gobierno de la nación (y en un ejercicio metonímico al que son tan aficionados, a todos los españoles no independentistas) de encarcelar presos políticos o de que Cataluña es un campo de concentración, lo único que hacen es banalizar las experiencias de quienes vivieron en tales campos, de los que solo una minoría sobrevivió, o la de aquellos que por no ser franquistas pasaron una temporada en prisión.

La banalización, piensan, les ayudará a conseguir su objetivo. Que el precio a pagar sea una disminución de la gravedad de aquello que ellos aducen es algo que, se ve bien claro, no les interesa. En el fondo, o quizás no tanto, es un rasgo propio de los totalitarismos.

La pregunta es ¿por qué personas con un buen nivel de vida, unas libertades que muy pocos disfrutan como ellas, cultas, con un nivel educativo alto están dispuestos a banalizar algunos de los mayores horrores que ha vivido la Humanidad? ¿Solo por conseguir la independencia?