De Quincey, yonqui

Thomas De Quincey; photogravure after an 1855 chalk drawing by James ArcherLa de Thomas De Quincey es la personalidad del yonqui, no solo la del adicto – bien sabemos que lo fue al opio, al alcohol y a su combinado, el láudano – sino la que algunos psicólogos han denominado la personalidad del yonqui. De Quincey, como señala con total acierto uno de sus biógrafos, era una persona con una curiosa compulsión a huir – sobre todo de sí mismo – cada poco tiempo. Y esta característica ayudó a conformar la otra.

Así se explica la cantidad de apartamentos, casas o habitaciones que tenía alquiladas en Gran Bretaña, ya fuera su casa en la zona de los lagos, sus varios apartamentos en Edimburgo u otros en Londres. Los tenía alquilados, aunque no viviera en ellos solo por aquello de guardar libros y por la necesidad que tuvo durante un periodo bastante extenso de su vida de huir de sus acreedores. La mala gestión de su fortuna personal y de sus ingresos como escritor le llevó a deber dinero a mucha gente. No eran solo deudas por el opio o el láudano que consumía – en grandes cantidades en algunos momentos de su vida –, era simplemente que no sabía administrarse, que hacía planes de lo que iba a ganar y comenzaba a gastar antes de tener el dinero. Así, tenía que huir de sus acreedores, vivir en lugares donde no pudieran encontrarlo a caballo entre Londres y Edimburgo—su casa en el campo, cerca de Grasmere , donde también vivió una temporada , no le servía porque era conocida y si se acercaban a ella, De Quincey no tenía donde esconderse. Así, durante buena parte de su vida adulta, siendo ya un escritor famoso, fue huyendo de sus acreedores, mientras pedía dinero a otros para pagar deudas sin importarle contraer otras. Vivía, como suele decirse, a salto de mata, muchas veces sin saber dónde dormiría esa noche, o dónde escribiría su próximo artículo. Sin tranquilidad para trabajar ni para descansar, logró controlar su adicción al opio y al láudano. Que la controlara no significa que fuera abstemio. En su casa, como descubrió un joven novelista, había una botella de vidrio tallado en que, en vez de brandi, tenía el combinado de vino y opio. Era ya mayor y lo bebía en cantidades moderadas que le evitaban la fase narcótica, aunque alguna vez se le fue la mano y quedó tumbado en la alfombra, vestido pero sin zapatos ni calcetines. Cuando era más joven tuvo problemas para controlar el consumo y sintió los dolores propios de la abstinencia, así como otras enfermedades que venían asociadas a dicho consumo.

Siempre he tenido la sospecha de que De Quincey necesitaba ese trajín, que la vida acomodada y previsible no era para él. Ya de joven, huyó de casa y malvivió entre Manchester y Londres a veces sin tener un lugar donde dormir y sin saber si al día siguiente iba a poder comer.  Una vida de aventuras degradadas en que el protagonista se siente perseguido o vive en un estado de nerviosismo continuado porque lo van a encontrar los acreedores y la vida que lleva se va a acabar.

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Fantasmagoría

Boulder fantasmaAl fin y al cabo, una autobiografía es solo una fantasmagoría. Cuando el narrador – que suponemos es el autor real – escribe sobre sus años de juventud o de pronta madurez – esto hoy en día ya no existe a no ser que llamemos pronta madurez a los cuarenta años – no escribe sobre lo que de verdad le ocurrió sino sobre los recuerdos que el propio autor – que aceptamos sea el yo literario al que le acontece la vida – rememora años – algunas veces muchos años – después.

Así, desaparecido ya su mundo, lo que escribe son solo recuerdos de ultratumba, como muy bien acertó a titular así su vida escrita el vizconde de Chateaubriand, Memorias de ultratumba, pues la vida al escribirla, a menos que sea un diario – el menestral diario que sirve de apoyo a más altos vuelos literarios – es, claro, otra cosa. La vida, bien lo dijo André Breton, está más allá, fuera de nuestras escrituras que, lo sabemos, sirven para poco, y por eso nos empeñamos en ella. Si la escritura sirviese para cambiar el mundo la dejaríamos a los generales, los políticos, los grandes señorones de la Historia, los revolucionarios, también, pues también ellos, como los grandes mandamases quieren cambiar el curso de la Historia, nunca de la historia.

El resultado, ya lo sabemos, es nefasto. La vida es fantasmal, la vives y ya se queda atrás, cuando la escribes solo tienes retazos y figuraciones, breves imágenes de algo que creímos tenía más fundamento.

 

Autobiografía de jazz

El olor del café recién hecho a media mañana mientras en la atmósfera cálida de la cafetería la gente se mueve con la elegancia que da la calma propia de la ausencia de prisas. No suenan los teléfonos y las conversaciones son suaves, en voz baja. La gente lee – casi todos en la pantalla de su propio ordenador, aunque hay periódicos repartidos por las mesas y una librería que comunica con la cafetería, y que pertenece a los mismos dueños. Beneath the Underdog es la autobiografía de Charlie Mingus, un músico de jazz excepcional. Llama la atención el desparpajo con que cuenta sus encuentros sexuales con chavalas de su edad o más jóvenes durante su adolescencia y el amor que siente por Lee Marie; al igual que llama la atención el racismo de los profesores de música clásica, o el de otros negros que rechazan a Mingus por tener demasiado blanca la piel. Quizás no haya que perder de vista la intención de Mingus de crearse un retrato de joven marginado– racial y económicamente –, carente de prejuicios, una suerte de pícaro que va ascendiendo en la vida. No sé en su vida, pero en su música es perceptible esa ausencia de prejuicios – lo que le llevó a componer algunas de los temas más interesantes del jazz, y a interpretar algunos clásicos dándoles un giro, revelando nuevas sonoridades y espacios nunca antes oídos. Escribí que nunca publicaría La verdadera historia del rocanrol. No es de extrañar; me dedico a leer libros de músicos de jazz, una actividad, por lo demás, más gratificante que hundirme en las habituales hagiografías de estrellas de rocanrol con sus cuelgues, resacas y otras aventuras aún menos interesantes.

 

Crepúsculo

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En estos días de estar varado he estado leyendo entre tantos otros las Confesiones de Jean Jacques Rousseau, libro sobrevalorado. Después de leerla, también en los intervalos en que descansaba, me venía a la memoria otra autobiografía, la del Marqués de Chateaubriand, Memorias de ultratumba.

El contraste entre una y otra ilumina bien acerca de la miseria intelectual de hoy en día (un presente, por cierto, muy dilatado.) Las confesiones son un largo lamento de un ego hipertrofiado. Es una obra sobrevalorada escrita con el propósito de criticar a sus enemigos mientras el autor se sitúa en el papel de pobre víctima. El pobre Rousseau es víctima de la maldad de gente como Diderot, Holbach o Grimm. Quien es capaz de sostener supersticiones como lo particular frente a lo universal, se queja de que Diderot lo desprecie. Al igual que llora porque el mundo no reconoce todo lo bueno que hay en él, cuando en realidad deberíamos acusarnos de haberle prestado demasiada atención.

A su lado el Marqués de Chateaubriand, autor de unas memorias crepusculares, las de su tiempo, las de su vida, la del aristócrata que, fascinado por los revolucionarios pero sabiéndolos su antítesis, ve cómos e derrumba su mundo sin que nadie acierte a vislumbrar el futuro. El ego importa menos que la crónica histórica, la queja apenas comparece en las páginas y la mirada escéptica y altiva de quien ha querido, y podido, situarse por encima del común, disecciona con frialdad su presente. Sin sentimentalismos, sin venganza.

Lo curioso es que quien apoya las supersticiones sea hoy tenido por ejemplo de progreso y a quien, sabiendo que la cuna ya no iba a ser garante de nada, lo hayan etiquetado de reaccionario.

Pero quizás aquí encuentren uds. la respuesta.

Me levanto en este primer día de año a las nueve de la mañana, sin pesadez en la cabeza, fresco, ligero, descansado. El día es grisáceo pero el ánimo es fuerte. Desayuno y me dispongo a leer: una lectura tonificante como es, o espero que sea, la Autobiografía de Bertrand Rusell, alguien que trabajó incansablemente durante toda su vida para disipar las brumas de la superstición y de la superchería, así como eso que algunas llaman pensamiento (a la contra creen ellos) y no pasa de ser una serie de jaculatorias de uso corriente entre grupos sociales cerrados.

Naturalmente la lectura de Russell inmuniza contra los estúpidos titulares que encuentro en casi todos los diarios. En una subrayan que la mayoría de los españoles no cree que el 2014 vaya a ser el año de la recuperación, como si esta dependiera de las creencias de gente que no dispone de los conocimientos ni información necesaria para emitir un juicio sustentado en datos y no en presentimientos, creencias o gustos. (¡Ay, el tonto prestigio de la opinión!) Otro dice: “La nueva subida de la luz costará a los consumidores más de un millón diarios” dando a entender que ese millón es por consumidor, y también sin discriminar entre quienes tienen bono social y lo que no lo tienen, o entre quienes gastan 50 o 400 euros. (¡Nada como el brochazo gordo sin matices! ¡Para qué los matices en tiempos de guerra!)

Contra ellos, contra toda forma de estupidez, los escritos de Bertrand Russell, escritos en un estilo legible, conciso, claro; el estilo apropiado para disipar las supersticiones y la superchería.

Ensayo de autobiografía V

Esto Alí no lo refleja en su libro, como tampoco se recluye en su país, y analiza su vida en términos más amplios. A decir verdad, Pakistán es una presencia intuida, algo que perteneció al pasado – importante cómo no, pero no excluyente. Acaso porque aún latía en él el internacionalismo comunista y no había sido sustituido por el localismo de la religión, la razón o la cultura, la crítica puede escribirse desde la atalaya de la comunidad de intereses humanos que ignora las burdas barreras de la política que entonces y hoy nos atenaza y nos imponen.

Poca duda me cabe de que esa es una de las virtudes de su autobiografía. Lo es por sí misma, pero también porque en una época como la que nos ha tocado vivir, ir a contracorriente y decir lo que ya casi nadie quiere oír necesita de un coraje cívico y un arrojo que convierte al portavoz en un virtuoso (pues hay virtud cívica en aquel que sostiene lo que es de sentido común y beneficioso  cuando no solo no es evidente sino que además lo perjudica.)

La autobiografía de Alí se entiende desde la perspectiva europea de crisis de los años sesenta, crisis de la radicalidad racional antes de que cayera en el remolino ininteligible de las esencias culturales de nuestro presente. En el sesenta y ocho no solo se certificó la imposibilidad de la revolución (revolución tal y como esta se entiende desde la Francesa) sino que apunta – aunque entonces nadie, o casi nadie, se percatara – a la Restauración, llevándose consigo los ideales ilustrados. Los años ochenta significaron simplemente la culminación y el cierre de un ciclo histórico (con lo que la deserción de tantos radicales, y la adopción gustosa y agradecida de muchas ideas conservadoras se entiende sin problemas.) A pesar de la distancia, y las derrotas, logra imprimir en su libro un ánimo alegre, urgente y necesario que es templado a la vez que confirmado por los años transcurridos.

Resulta curioso que, a pesar de que no difirieran en muchos años y de que vivieran infancias en algún lugar del imperio o estudiaran en la metrópoli o Nueva York (que relevaría a Londres como capital del mundo), haya diferencias significativas entre los dos, quizás por la intención de Said de centrarse en la infancia para dar testimonio de un tiempo, una sociedad y una manera de entender el mundo que ya se había perdido. Ali acomete la misma tarea pero se ciñe a su juventud, a los años sesenta, tan lejanos ya que parecen no haber sido, y cuya lejanía y paulatino olvido vuelven más necesaria su autobiografía.

El cierre de época se deja sentir también en otro aspecto. Los dos son aceradamente críticos con los Estados Unidos, y no edulcoran ni un ápice unas críticas basadas con razón en una política exterior norteamericana errónea y fallida. Sin embargo, sus libros circulan sin problemas por el país, y son figuras respetadas. Hasta ahora los Estados Unidos han gozado de una envidiable salud crítica – al contrario que España, donde la disidencia ha sido siempre castigada y cortada de raíz –.  Nunca han faltado corrientes críticas a la política oficial, a lo que era socialmente correcto – y no hay más que pesar en el movimiento por los Derechos Civiles, o el movimiento feminista –. Tanto en la universidad como en la calle, la sociedad americana ha contado con una fuerza extraordinaria que la ha llevado a buscar mayores cotas de libertad sin detenerse por el hecho de tener que enfrentarse a la costumbre o al presidente.

Junto a una opinión oficial y mayoritaria, siempre ha convivido la disidente y minoritaria que en algunos casos ha logrado imponerse. Frente a publicaciones auspiciadas por el poder – auspiciadas en un sentido muy lato que va más allá de la subvención – ha habido otras  que lo han puesto en tela de juicio o incluso en jaque. Es lo que tiene una sociedad civil fuerte que no depende del gobierno ni espera que este le soluciones sus problemas. Esta disidencia, sin embargo, algunos norteamericanos la ven peligrar. Son pocas las nuevas voces que surgen y que relevarán a los últimos críticos: Edward Said o Noam Chomsky, sin contar con que desde el gobierno intentan acallar las pocas que descuellan, ya sea mediante la presión a las universidades en las que enseñan para que no les renueven los contratos ya sea mediante el fortalecimiento de la opinión mayoritaria y mesocrática. No son buenos tiempos los que corren, y aun así no hay que cejar en el empeño y en la confianza de que nunca podrá nadie acallar el pensamiento civil y civilizatorio, ilustrado e independiente.

Este puede tener forma de tratado o de ensayo o, incluso, de monografía. Pero también puede tener un mayor alcance si es un artículo periodístico en el que, dentro de lo poco que permite la brevedad y la urgencia de las noticias, se muestren las líneas maestras de alguna preocupación contemporánea. Pero también, y puede sonar chocante, una autobiografía puede servir para exponer mediante el ejemplo de las vivencias de toda una vida, un modo de comportarse y de estar ante la sociedad que sirva de ejemplo, aunque hoy en día los ejemplos no coticen en el mercado social, y la figura ejemplar como modelo a seguir o a tener en cuenta haya desaparecido.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II

Ensayo de autobiografía III

Ensayo de autobiografía IV