Si no es difícil no es bueno

Luis Nieto-XII.jpgLeo un artículo de alguien que quiere denunciar la injerencia del capitalismo en la obra de arte. Se trata de exponer cómo las presiones de la industria editorial influyen en la obra de arte. El estilo del artículo es infantil y la argumentación aún más, cuando existe. Según ella, que el libro tenga unas dimensiones determinadas obligue al autor a, por ejemplo, limitar el número de sílabas de los versos. Recuerdo, sin embargo, la fuerza con laque Octavio Paz hablaba del tamaño de las cuartillas y el reto que para él suponía que no pudiera haber más de cincuenta golpes de Tecla por renglón.

También dice la bendita autora del artículo que la portada (en realidad quiere decir cubierta; por lo visto considera que no es necesario conocer la terminología para hablar con propiedad y rigor de un tema) también es otro elemento en el que la industria no cuenta con el autor y no le pide consejo al elegirla. Por no hablar de la organización interna de la obra sobre la página, que por lo visto distorsionan el diseño original del autor. (Y aquí me viene a la cabeza el experimento de Julio Cortázar en la primera edición de La vuelta al día en ochenta mundos. También me viene a la cabeza el Ulises de James Joyce, una de las grandes obras revolucionarias de la literatura o Finnegans Wake, del mismo, contra los que poco pudo la malvada industria editorial y su política de maximización de beneficios.

También pienso en que a lo largo de la historia el paso de la tabilla al pergamino, y de este a la hoja y luego el posterior uso de la imprenta y ahora el libro electrónico. De todo esto nada dice la autora del artículo. Nada dice porque nunca perjudicó al autor; al contrario, más bien. Recuerdo también el miedo de Herbert Marcuse ante el auge de los libros de bolsillo. Era capaz de ver el futuro: un futuro donde En busca del tiempo perdido estuviera al alcance de cualquiera. ¡Qué terrible que cualquiera pudiese leer la obra de Marcel Proust o la de Joyce o las obras de William Shakespeare! Las siete plagas bíblicas amenazaban a la cultura. Nunca dije, ni siquiera llegó a pensar, que el único peligro que corría la cultura provenía de su indigesta teoría marxista, donde a las menciones retóricas al proletariado les superponía un aristocraticismo nada retórico.

La autora ignora que las dificultades espolean a los verdaderos artistas. La bailarina nos asombra con sus piruetas porque sabemos que la ley de la gravedad va en contra de su baile. Paz y tantísimos otros poetas se sienten espoleados por las dificultades de las formas poéticas cerradas (en especial el soneto) y por las dificultades que puedan encontrar al escribir poemas de largos versos en páginas que no son del tamaño de una sábana. El pianista que interpreta la Hammerklavier de Ludwig van Beethoven sabe de la exigencia musical y física de la sonata, y eso lo anima a dar de sí lo mejor. Solo los que no son artistas, solo los funcionarios del pensamiento se lamentan de las dificultades. Los demás saben que si no es difícil la labor no es bueno el resultado.

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