De mitos

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Esto de la identidad no pasa de ser una ensoñación. Queda bien claro que los totalitarios y colectivistas la identidad es necesaria como medio para sujetar a los ciudadanos; sujetar, o mejor, sojuzgar, o tener encadenados desde la ideología a las personas. Todo colectivista, bien lo sabemos, teme la libertad; la libertad individual, la única que existe. Todo colectivista necesita que la gente crea en un conjunto de mitos que permita a los colectivistas guiar o encaminar de manera no forzada para que así la gente crea que lo que hacen, lo hacen por su propia voluntad.

Uno de esos mitos, o ideas vacías y perjudiciales, es la de la identidad. Los colectivistas – totalitarios en su raíz, no lo olvidemos – crean la idea de que todos tenemos un núcleo duro que nos une a a los demás. Núcleo duro que es el de ser personas, sino el de formar parte de una nación, o a un género sexual específico, o a una ciudad, etc.

La falacia se desmonta simplemente con observar que uno ni siquiera es de su familia, que esa idea de la identidad familiar, o de la tribu, si se prefiere, es algo que se deshilacha. Toda persona va perdiendo genes de su familia. Si de tus padres tienes el 50% de cada uno, de tus abuelos solo el 25% y de tus bisabuelos un 12’5 %. Tus hijos tienen la mitad que tú de tus padres, tus abuelos o tus bisabuelos. Así, la identidad familiar, y en cierto modo también la nacional es algo que se deshilacha y que está en continuo proceso de remodelación. Somos algo diferente a lo que nuestros antepasados fueron.

Ocurre lo mismo con la cultura. Esta no es la misma que la de nuestros padres, aunque prefiramos el consuelo de la mentira porque nos protege del frío exterior. La cultura viene funcionando en muchos lugares como abrigo y protección contra las incertidumbres del futuro y de la sociedad abierta. No es de extrañar su auge en el siglo XIX y en los años 30 del siglo XX. Sin cultura los fascismos no habrían tenido el camino tan expedito. Que la cultura sirve de aglutinador de voluntades colectivas lo prueba también el recurso a ella de la URSS. Pero la cultura de mis padres, o de mis abuelos, no es la misma que la mía. Quizás en el pasado abuelos, padres e hijos compartiesen un fondo de valores y vivencias común. Hoy en día ese fondo común es mínimo. El mundo se ha acelerado y eso significa que muchas de las cosas que mis padres vivieron están desfasadas o ni siquiera las puedo imaginar, y algo similar les sucede a los hijos de mis amigos con sus padres. Mi padre nació en un pueblo malagueño de unos tres mil habitantes, fue a la escuela del pueblo hasta los diez años y allí utilizo un pizarrín para hacer sus ejercicios y una pequeña enciclopedia para estudiar los conocimientos básicos. Luego tuvo que desplazarse a otro pueblo más grande para continuar sus estudios. Su horizonte de expectativas se circunscribía a su provincia. Hoy en día la educación obligatoria llega hasta los dieciséis años, los niños tienen a mano internet que les permite saber lo que ocurre en cualquier parte del mundo, necesitan varios libros de texto cada año además de varios programas informáticos. Su horizonte de expectativas es el mundo. Nada que ver con la vida ni la cultura de mi padre o de mis abuelos. Si hablamos de las mujeres, el cambio es aún mayor. La identidad de una mujer como mi abuela y la identidad de una joven de dieciséis años tienen poco en común. En este caso no se ha deshilachado, directamente ha estallado.

Y así podría seguir enumerando ejemplos para demostrar la falsedad del concepto de identidad colectiva. Lo peor de todos es que los creyentes son inmunes e impermeables a los razonamientos. Siguen pensando que hay un fondo común que los une a otros.

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Un comentario en “De mitos

  1. La verdad es que a veces necesitamos radicalizar las ideas si queremos vencer las batallas sociales. Ir a los extremos: o blanco o negro. Lo entiendo.
    Pero siempre que se quiera ser objetivo habrá que matizar.
    Creo que sí existen cosas, circunstancias, hechos, que nos unen. Ya sea la entelequia de la Nación, la Patria, la raza… pero lo que han hecho los totalitarismos es poner la entelequia por encima del derecho individual, y eso es inaceptable. Ese proceder se deriva de un pragmatismo ¨revolucionario¨ según apegado al cuál se han realizado masacres, campos de concentraciones, hambrunas programadas, etc. A la larga todos fueron estados fallidos, que no podían reproducirse sin matar al individuo y a sus derechos. Un organismo social que mata, extermina y coarta a las células que lo conforma, esta destinado a morir por autofagia.

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