Bajo la luz perdida de las palabras

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Otra mañana de sábado en que me levanto temprano, a pesar de tantas cosas, y comienzo, lento, otro día. Así son las cosas, así han de ser: Desayunar, asearse, vestirse, son acciones que en muchos momentos de la vida no tienen importancia, las hacemos de manera automática, sin pensárnoslo mucho. Poca gente dedica cinco minutos a pensar qué va a tomar en el desayuno, y menos aún son las que piensan el champú que van a usar ese día: lo normal es usar el de siempre, aunque haya excepciones a ese siempre.

Después de haber pasado por todas esas actividades que ahora tienen otro sentido, me siento en un sillón mullido, que protege bien la espalda pero en el que no te hundes, y me pongo a leer. La poesía de John Ashbery. Galeones de Abril, en concreto. Me gusta Ashbery, a pesar de la dificultad, a pesar de ese aire que flota en sus poemas como si nada fuera importante, como si la vida no existiese en realidad. En Ashbery encuentro – a lo mejor porque ahora lo busco – esa vida que es y que, de repente, cambia, esa vida que, en un momento determinado, casi por sorpresa, cambia de dirección o muestra que no hay camino más allá: Una avenida que se abre al vacío, un vacío blanquecino como de colores que han ido destiñéndose con el paso de los años y, de repente, te das cuenta de que se ha borrado casi completamente.

La poesía de Ashbery, al menos la que estoy leyendo, como gran parte de la poesía en lengua inglesa del siglo XX, es una poesía que trata lo que pudo haber y nunca fue porque algo se torció o algo apareció y nos desviamos del camino. Es una poesía de cenizas, ecos, silencios y músicas imaginadas. Es una poesía de fantasmas, y muchas veces uno mismo es el fantasma, el poeta o el lector, quienes a veces no se distinguen en la página. Quizás tampoco en la realidad porque, a veces, a pesar de la tan repetida objetividad del poema, dudo de si acaso el poeta no estará solo escribiendo de sí mismo y para sí mismo.

Son solo dudas que surgen cuando uno lee sobre esos ecos que se pierden en jardines de glicinas marchitas y el sonido ligero y leve de los versos terminan flotando en la habitación, entonces no tan silenciosa.

[…] No podemos convocarla más/ aun así puede que volvamos a encontrarnos, en otras ocasiones, bajo otros auspicios

N.B.: Pocas casualidades se dan en la vida. En este caso, no ha habido ninguna al coincidir el artículo de Antonio Muñoz Molina y esta breve entrada. Leí el suyo mientras desayunaba, y pensé que podía yo también escribir otro. La cercanía es la causa de que el mío contenga préstamos o similitudes a veces demasiado explícitas.
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