Fotografías

 

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Las vacaciones solo lo son de verdad cuando volvemos con fotografías. Por eso nos entretenemos en fotografiar todo lo que encontramos interesante: las bolsas de la compra donde nos han traído comida, los paquetes en que viene envuelta esa comida, las latas de cerveza que nos beberemos por la tarde, unos periódicos donde aparece algún monumento, el horizonte que alcanzamos desde la ventana, algunos paseantes en la acera lejana. A veces también nos hacemos fotografías a nosotros mismos, para que no nos digan que nuestro viaje ha sido fantasmal.

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Perseverancias

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En el jardín, poco bucólico la verdad sea dicha, con el estruendo de los coches que pasan por enfrente, leo una breve historia, crítica, sí, de la Generación Beat. Todo empezó muy atrás, con 16 años más o menos, y se mantiene hasta hoy. Incluso hubo un tiempo en que estuvo dormido, tiempo durante el cual otros se fueron añadiendo, hasta que llegó el despertar definitivo aunque no fue súbito ni rápido, más bien lento, como despierta uno después de un largo sueño, perdido en cierto estupor.

Las columnas de Hércules

 

Holandés errante.jpgCuenta Dante que Odiseo no puso rumbo a su casa cuando acabaron sus aventuras. En lugar de buscar La paz y el refugio hogareño enfiló hacia las columnas de Hércules, entonces el fin del mundo. Es un acto prometido el de Odiseo. El atrevimiento de ir más allá de lo que los mapas delimitaban, desafiando el conocimiento objetivo de su época. Hasta no hace mucho, la tarea del hombre fue la de ir rellenando el mapamundi con territorios hasta ese momento ignoto. Entre el Renacimiento y los inicios del siglo XX, los mapas fueron cambiando su fisonomía y perdiendo espacios en blanco. Desde la segunda mitad del siglo XX, predomina la fábula que Peter Carey escribió en “Do You love Me?”. Poco a poco los mapas van ganando espacio en blanco.

Entre la hazaña de Odiseo, criticada por Dante, y la desaparición de nuestro mundo conocido porque los agrimensores y cartógrafos se niegan a realizar su tarea, queda solo el ensueño, algo antiguo y ajado ya, una actividad decimonónica o de comienzos del XX, de cuando para viajar la gente llenaba varios baúles con equipaje, y así, desde la ventana, más allá de la avenida, imagino el ancho mar flanqueado por dos columnas, más allá de las cuales solo impera lo blanco.

Satélites

DSCF7547.JPGEl viaje por excelencia es el viaje interestelar, el que hacemos en naves espaciales, cargueros intergalácticos, incluso en destructores imperiales, entre multitud de asteroides. Muchas noches de verano pilotaba un caza y cruzaba el universo desde un sistema a otro a través de una de las clandestinas rutas de los contrabandistas. Las rutas eran conocidas por algunos pilotos avezados que viajaban mercancías poco recomendables. Apenas estaban transitadas por su peligrosidad, era fácil encontrarse con piratas galácticos o con criaturas peligrosas que podían destruirte.

Soñaba también algunas noches con que conducía un Cadillac por entre las estrellas, camino de la fiesta del perro de luna. Allan Freed estaría allí esperando a todos los que esa noche quisieran acercarse mientras el espectro de Wolfman Jack rondaba por el lugar.

Anteojos

DSCF7512.JPGDesde la desierta avenida cojo los prismáticos y echo la vista al horizonte lejano de los viajes que nunca he hecho (y quién sabe si haré). Desde la desierta avenida en la temprana mañana de verano cuando solo unos pocos se dirigen al trabajo y otros tantos regresan a casa después de una noche de farra y quién sabe si encontrarán arroz blanco en el frigorífico, escruto el horizonte de la lejana ciudad a la que voy todos los veranos desde los libros. Viajo de un lado a otro desde la chaise longue en que paso las horas vespertinas del calor que cae a plomo sobre el asfalto y sobre los coches, recalentando la atmósfera y encendiendo los cristales de los vasos de las terrazas y de las ventanas.

Martinis en la avenida

DSCF7465.JPGLo de las calles desiertas de la ciudad en verano es ya una frase hecha, al igual que la serpiente multicolor o el calor inclemente. En verano, es normal, hace calor, más calor que el resto del año, por algo es el estío, y la gente huye de las ciudades hacia cualquier lugar, preferiblemente la playa, aunque la montaña tampoco es mala opción (y aquí nos sale otro de los tópicos veraniegos: ¿tú eres de playa o de montaña?, como si eso nos definiese o importara lo más mínimo).

Las ciudades se quedan vacías, las avenidas, las largas avenidas neoyorquinas, los bulevares parisinos quedan desiertos, ofreciendo, por escasos días, sus perspectivas de horizontes lejanos. Es entonces cuando me imagino en uno de esos días de calles deshabitadas, en medio de la calzada, bebiendo un Martini seco a la salud de todos los cinéfilos y letraheridos, que prefieren vivir los veranos bajo la brisa del aire acondicionado.