Septiembre

 

Zapatos

Septiembre era uno de mis meses favoritos — no los primeros días, que eran casi iguales que los últimos de agosto con los nervios y las tensiones de la mudanza a la ciudad. Me gustaba a partir del quince, cuando volvíamos al colegio, con los zapatos nuevos, los nuevos cuadernos, el olor de los lápices y de la goma de borrar sin estrenar, el pegamento y los rotuladores, los lápices de colores de madera, todo un mundo perdido para regocijo de algunos. El colegio, me gustaba ir al colegio, no los primeros días en que los alumnos se saludaban y se contaban sus vacaciones en tal o cual destino que a mí me parecían exóticos; a mí, que había pasado el verano en un pueblo perdido en la montaña con el olor a mulas, vacas y cabras, con el sabor de la leche espesa recién ordeñada: otro mundo perdido. Todo termina por ser un mundo perdido. Mis compañeros, sin embargo, no parecían habitar esos mundos que iban desvaneciéndose. Eran modernos, creo, y no les gustaba regresar al colegio, preferían, según creía oírles, sus piscinas privadas de azul turquesa y el olor a crema bronceadora. A mí me gustaba regresar al colegio, abrir el libro de geografía y usar el dedo por los mapas de los continentes, los océanos y los mares lejanos, el mar del sur de la China  por donde mucho más tarde navegué a bordo de un junco.

¡Mi vida, sí, siempre un viaje ininterrumpido!

 

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