Abisal

Física cuánticaSiempre me he imaginado un viaje submarino en un batiscafo, con sus ventanales que parecen lentes de aumento a través de las cuales vemos seres mínimos como si fueran enormes bestias ominosas y prehistóricas que atraen nuestra atención. Vagan por las profundidades abismales lentamente, con una calma producto de saberse a resguardo de toda intrusión de la superficie. Entramos, como si navegásemos en el Nautilus, en una cueva llena de estalactitas  y estalagmitas, un lugar como una enorme dendrita o un ciclotrón, de donde salimos despedidos hacia la superficie.

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De la lectura como escritura

Mandarina

Hay dos momentos de la escritura que me gustan especialmente. Uno de ellos es el hecho mismo de la escritura, el dejar correr la imaginación hacia no se sabe muy dónde — no en todos los casos, hay momentos en que sí que lo sé — y que las palabras lleguen hasta el final de la historia o del razonamiento. el otro es anterior, y casi nadie le suele dar importancia. Es el momento anterior a la escritura, los prolegómenos: la compra de libros de donde sacaré datos, el bolígrafo rojo, la tinta azul para la pluma, el cuaderno donde iré apuntando ideas, y sobre todas las cosas, la lectura, la reflectora en algunos casos, de los libros. Aunque haya leído algunos libros en ocasiones anteriores, me gusta volver a leerlos, aunque sean solo los pasajes subrayados. No busco entre los apuntes de otras veces sino que vuelvo a sumergirme en lo ya leído. Me gusta descubrir nuevas ideas, nuevos argumentos, también me gusta — y mucho — volver sobre los ya conocidos. Si son buenos, siempre salta una nueva chispa.

Para mí escribir es una variante de la lectura, sesgada si se quiere porque no leemos para dejarnos sorprender por la escritura sino que leemos para encontrar algo, aunque a veces, entre lo leído, surja la sorpresa de lo inesperado. Una vez escuché a uno que decía que si no fuera por la bebida, él no comería. En mi caso, si no fuese por la lectura estoy seguro de que no escribiría. Esta es una manera que muchos pensarán poco literaria. Si pensamos en la imagen, que aún perdura, del escritor romántico arrebatado por la inspiración, mi manera de plantear el hecho de escribir choca frontalmente con ella. En el fondo, más que el escritor romántico, mi modelos es Michel de Montaigne, un ensayista que, quizás ficción propiamente dicha no escribiese, pero nos dejó uno de los grandes monumentos literarios: sus Ensayos. Lo de menos es que no todo fuera producto de su imaginación, al modo en que entendemos hoy esa facultad, de un modo banal, pro supuesto, pues el término imaginación comprende mucho más que las aventuras y personajes inventados. Lo importante es que fue capaz de crear un mundo propio, más reflexivo que activo, un mundo desde el que miraba la sociedad que lo rodeaba y desde el que se defendía de sus embates. En cierto modo, la literatura, toda literatura, es una fortaleza defensiva.

Antes de cerrar esta página, me apetece traer a colación la idea de Ralph W. Emerson, para quien la encurta estaba bien como actividad para los ratos libres. La lectura, tal y como él la entendía, había de ser creativa, no repetitiva. Esto, que me interesa mucho, en el fondo es un regreso a la poética clásica.