Mañana inhóspita

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Amaneció grisáceo el día, virado hacia dentro, Parecía que fuera a llover. Salí a dar una vuelta, más por estirar las piernas y hacer tiempo que por recordar lugares donde estuve y que, ahora mismo de tan lejanos apenas significan anda, eso si no han desaparecido. Al fin, me iba dando cuenta conforme paseaba que aquellos lugares que sí me decían algo eran los que estaban en ruinas, Como a ellos, a mí el tiempo se me había pasado. Era solo una presencia ajena, extraña, que se movía por entre las sombras de un recuerdo difuso y el presente helado de lo desconocido.

Más tarde el cielo se despejó de nubes. En el cementerio asistimos al rito de ver cómo la tierra se traga el cuerpo de la persona que conocemos. Un adiós ya sin vuelta atrás, una fría sensación, lo irremediable que se instala en nuestras vidas. Recortadas contra el cielo claro y cristalino, las ramas de intenso negro de los árboles silenciosos, casi muertos, despojados de las hojas. El silencio que solo algunos sollozos quiebran. La despedida final.

Algo más tarde, ya abajo en la ciudad, la tibieza de la cafetería, los amigos reencontrados por unas horas, la conversación. Y aun así, todo tan extraño.

 

 

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