Nietzscheana

Leo en algún lado que al día de hoy hay más gente viva en el mundo de lo que nunca ha habido en todo el pasado. Da algo de vértigo pensar que hemos llegado a ese punto de inflexión, también lo da el saber que las perspectivas de longevidad son cada vez mayores. Vivimos demasiado, es la idea que me lleva obsesionando ya un tiempo. En realidad tendríamos que tener una vida más corta, como la de nuestros bisabuelos, vivir cincuenta o sesenta años, vivirlos sanos y luego, con alegría, despedirnos. La sociedad es conservadora – cada vez más – por esto mismo. Cuanto mayor es el número de viejos (por encima de los cincuenta y cinco años, menores son los riesgos, mayores son las ganas de que las cosas continúen, casi nulas es la necesidad de la invención social al modo en que Cornelius Castoriadis la entendía y que no tenía nada que ver con el neoestalinismo de nuestros populistas.

En el fondo, quizás mi rechazo a la longevidad sea una mezcla de ética y estética. Da pena y pavor ver a esa gente que has conocido en lo mejor de sus facultades ajenos al mundo, sentados en sillas que otras personas empujan; gente que ni intelectual ni físicamente son la sombra de su pasado. Algunos balbucean perdidos en sus recuerdos, otros dependen de alguien que quiera lavarlos o darles la comida. No lo vemos mal, nos hemos acostumbrado a ello. La piedad – o una forma extraña y retorcida de entender la piedad, muy cobarde también – se ha apoderado de nosotros. En la Antigua Roma el suicidio no estaba mal visto. Llegada determinada edad, la persona se suicidaba (sin los dolores, espasmos ni demás parafernalia que los creyentes han divulgado; dulcemente, con opio o sumergiéndose en la bañera después de cortarse las venas.)

Ahora, nosotros, por miedo, por ese sentimiento de trascendencia que nos ha infectado (que nos prohíbe hacer algunas cosas porque tendrán repercusión dentro de quinientos años y perjudicará a nuestros tataranietos o a las tataranietos de esos), ese espíritu que lleva a la gente a decir que hace las cosas pensando en el futuro del mundo (y no es sino simple egoísmo disfrazado, o la más absoluta idiotez), queremos vivir un siglo o más, como si fuera lo mismo vivir hasta los setenta que a los ciento cuatro años. (Y cuanto más ateos se dicen mayor es el espíritu de trascendencia y mayor es el miedo que los atenaza. Porque al final, como casi siempre, lo que hay es, sobre todo, un sentimiento religioso.)

Vivimos demasiado, y a partir de una edad solo somos fardos, cargas, pesos muertos que encargamos a ese ente abstracto – la sociedad – que nos cuide. Lo abstracto, claro no cuida, y quedamos reducidos al deshecho que nadie quiere pero que las leyes (y los buenos sentimientos) impiden reciclar. Como si fuéramos pilas, o aluminio, o uranio (sin ser ya reactivo.)

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