Los claros recuerdos

Contemplo en fotos la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer, y me vienen recuerdos de la casa de mi bisabuela en Málaga. La misma solería con las estrellas dibujadas, el color pardo de las mismas, el suelo desgastado, la luz que se cuela por las estancias abiertas. En el piso de arriba – parece – las habitaciones seguidas unas de otras, sin pasillos, abiertas al patio central por donde la luz, y el frescor se cuelan, la una de arriba, el otro de abajo.

Son recuerdos ya solo, imágenes fugaces, impresiones que viven en mí y logro recuperar porque una fotografía enciende la chispa eléctrica de la memoria. Las altas puertas blancas en las que rebota el sol inclemente y se transforma en alegría, los zaguanes oscuros, la alta escalera que me llevaba al piso de arriba donde vivía una de sus hijas y desde donde el azul del cielo parecía que se podía tocar. Era, entonces, todo ascenso.

Me acuerdo hoy, al ver las fotografías y pienso en que este año también es el centenario de un libro fundamental para la poesía: “Diario de un poeta recién casado”. Nadie logró hacer de la anécdota tan clara y firme categoría poética; con la excepción, sí, de Wallace Stevens.

 

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