Los bancos de la tristeza

Henry James escribió una nouvelle, El banco de la desolación, que siempre me ha fascinado por lo impenetrable. Aquí, en la plaza a la que dan los altos ventanales de nuestro apartamento, observo todas las mañanas, tardes y noches, que las personas mayores se sientan en los muchos bancos que hay, cada uno en un extremo, en el quicio de la tablas de madera, a un paso de caerse. Y así pasan las horas muertas, horas vagas las llaman aquí, sin hablarse con el vecino, mirando al frente, como si aún esperaran algo, la inminencia final, una tormenta como la que nos cayó días atrás, a mediodía, de repente, mientras tomábamos el café en una terraza.

Esperan, silenciosos, que el tiempo pase, que los traspase incluso. Sé que es especular mucho pero quizás esas personas aguardan wue el tiempo se les acabe, quizás sean más sensibles almpaso del tiempo que nosofros, quizás sientan ya que somos poco mas que sustancia del tiempo y que en ellos ya casi todo se ha deshilachado.

Esperan, pasan las tardes infinitas en el banco, en una esquina que casi parece propiedad de cada uno de ellos mientras la vida pasa por delante y a sus espaldas.

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