Viaje

Me levanto a eso de las siete, costumbre veraniega que me recompensa con el aire fresco de la mañana temprana. Desayuno, leo los periodicos, termino el equipaje y espero. Son lentas las horas de espera antes de que el viaje comience. Hay una especie de disciplina oriental en esto de la espera. Podria haberme levantado con el tiempo justo, pero, al final, como siempre, he preferido el tiempo lento, un tanto desesperante, de la espera cierta que solo conduce a desear con más fuerza que todo comience ya.

Tenemos por delante un día largo de autobús, en carreteras a veces montañosas y esperas en estaciones de autobuses, para llegar a un destino que, en coche, está a unas cuatro o cinco horas. Hay veces que el placer del viaje está en el movimiento y en la espera, en las circunvalaciones del viaje o de la vida.

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