Vida provinciana

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En la ciudad los habitantes andaban con calma, mínimamente atareados en sus asuntos sabatinos y dominicales, vestidos de domingo, que es como en las ciudades de provincia uno celebra los días de asueto. Lazos en las cabezas de las niñas, zapatos lustrosos en los niños y en los adultos, abrigos de paño o de loden. Apenas queda ya el olor de las viejas cafeterías; en su lugar, lo moderno de moda que son las paredes blancas decoradas con utensilios antiguos y un perfume muy fuerte que ambienta el local en el que los camareros, de negro, pelo corto engominado y nuca rasurada, van de aquí para allá. También algunos llevan barbas. Ellas también visten de negro, el pelo recogido en una coleta. Te tratan, es la etiqueta de estos tiempos, con campechanía hasta llegar a llamarte chico. Nunca sé si porque quieren aparentar confianza o quieren humillarte. Vinos y tapas, y ausencia de olores de guiso, solo el ambientador.

Tapas de toda la vida: lacón con pimientos, sopas de ajo humeantes, croquetas o calamares. Raciones abundantes de morcilla, mollejas o berberechos. Y pimentón picante para alegrar, eso dicen, la comida.

Están también los protestatarios: chupa de cuero, pelo greñudo, barbas de varios días, integrados en esa vida provinciana maternal, parecida a una placenta llena de líquido amniótico. El bar de barrio de siempre, allí donde llevamos tomando el vino o la caña con la presión justa y cuyo olor, siempre algo rancio, no es tan natural que ni nos molesta ni nos sorprende. Algo parecido, pienso con frecuencia, es la vida para la gente: un bar de barrio rancio donde acudir sabiendo que nada hay que descoloque el conjunto y el pasar del tiempo siga firme en la realidad de lo monótono y conocido.

Lejos, una exposición de fotografías. Gente con miradas inestables y medrosas o sorprendidas, una embarazada desnuda con un muñón, viejos derrotados por la vida pero, aun así, incólumes en su derrota, sombras de sueños que fueron las motos, donde no hay líneas rectas ni puras sino reflejos ondulantes sobre la tierra o el asfalto, perspectivas desusadas de ruedas y radios, algunos cascos y, a veces, un ojo que parece asomarse, extrañado, por el cristal. Fantasmas, tantas de esas imágenes, recuerdos de un mundo perdido, un mundo que algunos soñaron y en el que otros se estrellaron.

 

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