De la literatura como ejercicio contra la muerte

Me sorprendo últimamente ojeando las esquelas de los periódicos. Algo que nunca había hecho, ni siquiera me había llamado la atención quién fallecía más allá de la sorpresa que algunos nombres provocaban por lo desusado de los mismos, ahora lo llevo a cabo casi a diario. Me fijo sobre todo en las edades, que no falta en ninguna al contrario que en muchas noticias biográficas de artistas, escritores, músicos y demás gente de la farándula – hoy en día la gran mayoría de los escritores pertenecen también, sí, a la farándula. Presto también atención a lo que fueron en vida: ingenieros, médicos, consejeros de alguna empresa; de casi nadie se dice que fue agricultor, ganadero, que tuvo un quiosco o un puesto en el mercadillo. Es el último recordatorio a una profesión, más que a una persona en ciertos casos, ejercida durante unos cuarenta años.

La muerte es la corriente de la vida, viene a decir Walt Whitman en alguna página de sus inacabables escritos en los que llevo sumergido ya casi un año sin acertar a ver el final y mucho menos la posibilidad de recordar dónde escribió cada idea, si en sus diarios de la Guerra Civil o en su cuaderno de viaje por el Canadá, en alguna de más del millar de cartas que escribió, o en sus poemas, sus artículos periodísticos, … Otro que no le va a la zaga es Pío Baroja de quien, recientemente, he adquirido sus escritos autobiográficos. Tres volúmenes gruesos y pesados, algo incómodos para leer en el sofá, pero, espero, llenos de vida, comentarios, anotaciones sorprendentes propias de un intelecto agudo y avizor en todo momento.

Da la impresión de que algunos escriben porque la vida les provoca horror vacui. Algo así dijo María Moliner cuando le preguntaron por qué había elaborado un diccionario. Antes que estar sin hacer nada o perdiendo el tiempo en el bar del barrio dictando lecciones de catedrático de barra de bar o viendo la televisión, los escritores prefieren blandir la pluma o percutir el teclado del ordenador cuantas más horas mejor. O al menos, esa es la impresión que dan. Escriben para no asomarse a una vida, interior o exterior es lo de menos, que les desagrada o que sienten insulsa.

Jorge Luis Borges refutó la idea de que escribía por no haberse dedicado a la vida aventurera. Algunos pueden interpretar, erróneamente, aquellos versos que escribió: “No haber caído,/ como otros de mi sangre,/ en la batalla. /Ser en la vana noche/ el que cuenta las sílabas” como la nostalgia falsa por algo que nunca hizo.

Hay quien interpreta – lo dice con todo el desparpajo y descaro de a quien no le importa lo más mínimo el autor – lo que quiere y según le convenga más; en román paladino a eso se le llama mentir y tergiversar. Esto no sé por qué lo hará, aunque me lo imagino, pero es, sin la menor duda, el asesinato de la ética intelectual. Borges, en alguno de sus ensayos o entrevistas, que tampoco recuerdo ahora, dejó dicho que eso de la vida aventurera era solo la imagen idealizada de los bucaneros, contrabandistas y personajes de similar laya. El problema es que, hoy en día, tiene más crédito entre el sacrosanto pueblo, ahora ascendido a la categoría de ciudadanía, un pirata que un comerciante, aunque haya muchos más comerciantes que piratas y aquellos nos vendan o compren cosas que nos hacen la vida más cómoda y que los piratas se ocupan de intentar robarnos.

Esto es España, donde los eslóganes y las frases publicitarias ocupan el lugar de la reflexión intelectual. Vía tuiter, por supuesto.

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