Supersticiones

En 1880, Louis Pasteur descubre que si se inyecta la bacteria del cólera aviar debilitada a unos pollos, estos desarrollan la inmunidad frente a la enfermedad. Al año siguiente repite el experimento inoculando el bacilo del ántrax en ovejas. El resultado vuelve a ser positivo. A partir de ahí en lo que resta de siglo se elaboran varias vacunas. Otras tan importantes como la de la tos ferina, la tuberculosis o la rubeola, se descubren en el siglo XX. Gracias a ellas, la viruela ha desaparecido y otras muchas enfermedades han dejado de ser mortales y han dejado de constituir epidemias, como lo fue en la Edad Media y el Renacimiento la peste bubónica.

Sin embargo, parece ser que el ser un humano es esencialmente supersticioso. Es muy difícil que no tenga creencias que carezcan de base racional, y en el caso de la medicina hay grupos que, a despecho de los buenos resultados que han tenido las vacunas, niegan que sean beneficiosas para las personas e incluso les achacan efectos secundarios que no han podido provocar.

Están también aquellos que creen en la homeopatía, en los sanadores que imponen las manos, en los “vendedores de crecepelos” tan comunes en las películas del oeste, y en los matasanos. Todos estos ahora tienen diplomas que certifican que son expertos en sanar mediante la provisión de placebos y de consuelo espiritual, pues no otra cosa son las sustancias que recomiendan y la imposición de las manos. A lo largo de la historia ha habido personas que se han dedicado a desmontar las supersticiones. Uno de ellos fue Pierre Bayle que escribió un monumental Diccionario histórico y crítico, en que analizaba todas las creencias de su época y mostraba lo que había de cierto y lo que era falso. Fue, en el mejor sentido de la palabra, un ilustrado, alguien que quiso separar la verdad de la superstición para borrar esta del mapa. Hoy en día está Edzar Ernst, que se ha pasado dos décadas estudiando las falsedades y mixtificaciones de las pseudociencias. El resultado es que, a instancias del Príncipe de Gales, firme defensor de esas pseudociencias, lo expulsaron de su cátedra de la Universidad de Exeter. No es lo de Galileo, pero sí algo muy parecido a otros casos menos conocidos en los que los afectados se enfrentaron al poder establecido y perdieron sus respectivas cátedras. No ha habido reacción a favor de Ernst por parte de los defensores de las terapias alternativas. Nadie ha alegado que la libertad de cátedra y de investigación son pilares fundamentales de la investigación así como elementos absolutamente necesarios para que la ciencia fructifique. Claro que si esos alternativos se dedican a la superstición, la superchería, la religión, etc., es normal que la libertad de cátedra y de investigación les moleste.

Lo dicho el ser humano necesita de creencias irracionales como la religión, la homeopatía. (Por supuesto, no intento comparar las religiones con las terapias llamadas alternativas. La religión tiene un corpus simbólico y una tradición cultural que esas terapias no alcanzarán nunca. Aunque nada más que sea por una de las cantatas sacras de Bach y cualquier catedral gótica o un icono bizantino, merecen seguir entre nosotros. Como cultura, por supuesto.)

O la política. Fundar un pueblo, dicen. Lo más rancio y espeso, maloliente y sangriento de los siglos XIX y XX en España, lo quieren revivir ahora. Una superstición aquí y en Cataluña. Unos creyentes dispuestos a cualquier sacrificio. Un idealismo frente al materialismo de los ideales republicanos: libertad, ley, prosperidad e individualismo.

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