Perspectiva Nevsky

Es tarde temprana muy oscura. La niebla se agarra a los árboles, a las paredes, a los coches, es difícil ver un metro más allá de donde estoy. No es la niebla amarilla del poema de T.S. Eliot, esa niebla felina, es la niebla tupida y traslúcida de Castilla, que está agujereada por un millar de faros de coches, algunos – pocos – amarillentos, otros – los más – de un blanco polar fuerte.

Estoy en la parada del autobús, esperándolo, creyendo verlo al fondo de la calle, demasiado lejos para tener ninguna certeza. Por las calles fantasmagóricas pasean unas pocas personas, algún perro, un gato huidizo entre dos solares en ruinas.

Es la noche oscura y densa del invierno. Podríamos estar en Varsovia o en San Petersburgo, en la Avenida Nevsky, pensar en alguno de los personajes de Dostoievsky; pensar quizás en las razones que le llevaron a escribir unas novelas tan extensas y en si el elemento moralizante – sutil siempre – es efectivo. Sí que debe serlo eso que llamamos el elemento antropológico de la literatura aunque hoy en día apenas interese la literatura y muy poco el cine que no es de aventuras.

Pienso en eso que llamamos poesía, desaparecida ya casi en su totalidad. ¿Qué es hoy en día la poesía? Poco más que un desahogo un tanto primitivo, primario por lo que tiene de mediato. Si hubo alguna vez – y debió de haberlo aunque ahora solo parezca un sueño – una poesía que indagase en el mundo a partir del lenguaje, esa ya ha desaparecido. Como todo lo que ha sido nuestro mundo, lentamente, va desapareciendo.

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