Un mundo perdido

Me he levantado con la mente revuelta y el cuerpo entumecido. Esta noche he tenido, por lo visto, varios sueños repetitivos, obsesivos, de los que recuerdo, la verdad, poco. Lo único que recuerdo es una sensación desasosegante y un estribillo que se repite sin visos de que acabe.

En este momento poco hay que me apetezca más allá de leer los Ensayos de Montaigne, una vez más, o la Minima moralia de Adorno, aunque sé que esto supondría un esfuerzo superior, no porque los ensayos de Montaigne sean más fáciles sino por el desacostumbramiento a la escritura de Adorno. El tiempo pasa a una velocidad vertiginosa (no pretendo con esto hacer una tratado de filosofía de los lugares comunes.) Es solo la constatación de que en menos de 75 años Adorno, a pesar del predicamento que ha tenido en las universidades estadounidenses, ha dejado de ser significativo en esta sociedad, para esta sociedad, quizás, sería mejor decir. No por banal, ni por poco exigente consigo mismo; en realidad, estas dos características son sobre todo aplicables a la sociedad.

Pasa Adorno por ser demasiado rico para esta sociedad (aunque tenga cosas de baratillo y de desecho) y quedan los llamados pensadores políticos de izquierdas que son famosos por los libros que publican, y que habría que clasificar en el grupo de autoayuda.

Un mundo perdido, el de la Humanidad de los 1300 últimos años, que pervive ya solo en el silencio de algunas bibliotecas. Así, no es necesario que vengan los bárbaros.

 

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