Enfasis, prosaísmo, vida

Nahid es una película que logra lo que hoy en día aquí, en España – hoy en día y en el pasado no tan remoto – es impensable. Nahid es una película ambientada en Irán en la que no aparece ni una mota de polvo del desierto ni el calor achicharrante de esas latitudes ni hombres con chilaba ni ninguno de los otros tópicos que los amantes del cine de los países no occidentales tanto aman. Todo ocurre en una ciudad de provincias, nos imaginamos frente al mar – que pensamos es el del Golfo Pérsico – mientras cae la lluvia fina del invierno y en las casas encienden pequeñas estufas eléctricas. Imaginémonos en España una película donde no aparezcan tópicos similares: bares de barrio, panorámicas de Madrid o Barcelona, tampoco el reniego de ser español – tan castizo, si no más, que el proclamarse español. Apenas hay: Arrebato y poco más. El casticismo y el costumbrismo son parte de nuestra esencia más honda e inerradicable.

Otra de las características que más me gusta – tan escasa por aquí igualmente – es que la rebelión de la protagonista por llevar una vida normal, por ser dueña de su vida, no está contada en tonos épicos. Imagínese el lector algo parecido en España: las flamígeras banderas ondearían feroces, y los claros clarines que mencionó Rubén Darío sonarían durante toda la película. El pueblo en armas – aunque solo sea el pueblo femenino – se alzaría heroico y decidido contra la opresión. La realidad, por el contrario, es más prosaica. Quien ha tenido que luchar sabe que hay que fijarse en los elementos pequeños del día a día: lo corriente, lo mínimo, lo común, lo necesario; la épica sirve para inflamar las cándidas almas de los espectadores pero no consigue ganar las batallas. Esto es aún más impensable hoy en día en España: estamos, como alguien dijo, enfermos de énfasis. El impulso épico de las películas se ha colado en nuestro imaginario y es difícil concebir algo que lleve solo el tono apagado, sombrío, polvoriento de lo cotidiano. En la lluvia se da el amor furtivo de la protagonista y los sucesivos desencantos de la vida. En la lluvia está el encuentro con el hijo y su desaparición: el marido del que se divorció y el hombre al que no puede amar en público.

El tono pausado, el ritmo medido, lo innecesario que no entra en la película. Cine escueto, sí, en el que se adivina solo el deseo por ser libre y nos deja sin una resolución cómoda, reconfortante, facilona.

Cine, movimiento, luz

Hay películas a las que se le ven las costuras; o quizás, ha directores a los que la bisoñez los delata. Tienen buenas ideas, buena intención pero les falta experiencia. Eso es lo que ocurre en La decisión de Julia. Es una buena película. El tema es controvertido: la eutanasia, la buena muerte, la muerte a secas cuando la enfermedad es irreversible.

No se ceba con ello el director sino con una relación amorosa, quizás la única o al menos la más impactante que la protagonista – de quien sabemos muy poco – tuvo en su juventud. A partir de aquí, la madeja se va desovillando, a veces de manera demasiado efectista: el amante era un asesino de ETA, que luego resulta ser un topo de la policía o de la guardia civil. Esto da pie al director para tratar el tema de los sentimientos y de la ética en los asesinos, acercándose – o quizás zambulléndose—en las ideas de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal y sobre la posibilidad, siempre humana, de que un asesino quiera a su hijo pero no dude en apretar el gatillo para matar a un desconocido simplemente porque es policía, funcionario de prisiones o político de la derecha nacional – por lo visto, según esos asesinos, muy diferente a la derecha nacionalista, pero esto, ya lo sabemos, son trapos sucios que se lavan en secreto dentro de la casa familiar.

A la película le fallan algunas cosas: el guión, que a veces decae, el blanco y negro: muy efectista pero poco convincente, las deudas cinematográficas, que el director ha de asimilar aún. Es una buena película, que pretende tocar la fibra emocional . El director nos aconsejó en la presentación que nos dejáramos llevar e inundar por la emoción, algo que, por supuesto, no hice porque las películas se disfrutan con la cabeza no con el corazón.

La tarde había comenzado con el folclore argentino y acabó con una reflexión extraña y, dura película sobre el cine, en la que el director no hacía ningún tipo de concesiones. En esta, al contrario que en las anteriores, como era previsible, nadie entró una vez comenzada la proyección ni se marchó a mediados de la misma.