Toda una vida

40 años son muchos años, una vida adulta, despojada de las excrecencias de la pubertad, la adolescencia y la primera juventud: un ideal, en el fondo. 40 años son los que celebran Burning este año, 40 años de carretera y del mejor rock que se ha hecho en España, y al paso que vamos, que se hará nunca.

Vinieron a Valladolid, Ciudad del Paraíso, en Ferias y no fui. No me apetece lo más mínimo aguantar a la gente de fiesta en las ferias municipales y espesas, ni tampoco unirme a la trupe de viejos rockeros con camiseta negra deslucida, rostro abotargado, pantalón desteñido y coronilla despejada, cuando no directamente calvo.

A partir de una cierta edad uno ha de retirarse, ha de vivir entre las sombras de los edificios y las callejas, no presumir de seguir siendo el mismo que era a los quince años (más que nada porque solo revela una estulticia moral densísima), y buscar refugio en algunos locales de gente compasiva, en tu misma situación. La edad mata lentamente y el que no se percate es un pobre invidente.

Los Burning vinieron y yo no fui porque ya no soy aquel ni estoy para aguantar ni a jóvenes ni a viejos rockeros. Los escucharé, sí, en mi casa, en el salón, y acaso, cuando vengan a un recinto cerrado y haya que pagar una entrada, y seamos todos viejos, derrotados y calvos, vaya a verlos, como si fuera un pase privado.

Al final, lo que la vida deja es un desdén enorme por las multitudes y las opiniones compartidas y las sandeces municipales. Así soy. Así seré.

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