Valladolid, Ciudad del Paraíso, en septiembre

Como todos los años, al igual que las oscuras golondrinas becquerianas, vuelve. Los fascículos, digo. Nada mejor que iniciar una colección de algo – lo que sea – en fascículos para ordenarse uno mismo la vida después del descontrol veraniego de noches en vela, viajes a lejanos países y demás molicie intelectual.

También, vuelven, pero aún más oscuras que las golondrinas las fiestas patronales a esta ciudad que es ahora el Paraíso, gracias, nos dicen, a la ciudadanía que ha decidido poner al mando de la misma a la coalición festiva y regenerante – casi energizante – de las plurales izquierdas unidas por el Sillón.

Las fiestas, decía, negras y carentes de ciudadanía que, entre otras cosas, significa “comportamiento propio de un buen ciudadano.” La masa que ensucia el pavimento con vinazo, orines, vomitonas. Las fiestas ahora, gracias a la coalición ilusionante – como tanto tónico que vendían los sacamantecas en las ferias de los pueblos – son ejemplo, dicen, de ciudadanía (pero carente de urbanismo). Se respira, dicen, otro ambiente, sí, lo olemos, la gente sale a la calle feliz y contenta – cual abejas Maya.

Vuelven como cada año, pero son peores, las colecciones por fascículos, que permiten ordenar nuestra atribulada y perdida existencia; y las fiestas, ahora del Paraíso, gracias a la ciudadanía sin eso mismo.

Y ni siquiera he logrado ver este verano los lechazos retozando por la claras y amplias parderas de Kentucky.

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