Muelle de embarque

Desde el enorme ventanal contemplamos los muelles desiertos, Aquí y allá algunas personas – operarios les llaman – faenan con sus vehículos de arrastre y de carga. Son morenos, enjutos, de color oliváceo bastantes y pelo fosco. El sol cae a plano, o al menos eso parece desde la zona protegida y acondicionada donde esperamos que, de una vez por todas, después de los varios retrasos, salga el avión, o quizás mejor decir nave, porque avión en su origen significaba pájaro.

No hay vegetación, solo asfalto blanquecino pintado con rayas amarillas ya descoloridas. Los vehículos que pululan por las pistas de despegue y de aterrizaje así como por la zona de transición tienen extrañas formas paralelepípedas, llevan ganchos enormes en la parte trasera y mezclan con el blanco un color naranja chillón, al igual que los chalecos de seguridad. Más allá, imaginamos la fauna salvaje de la zona, quién sabe si de formas prehistóricas o muy avanzadas en la evolución de las especies.

Mos Eisley se llamaba el primer puerto de embarque que conocí, un lugar peligroso y nada recomendable, donde se juntaban todos los malos, aunque en el fondo de algún contrabandista hubiera un adarme de bondad. Allí se dirigió un pobre chaval pueblerino cuyo único horizonte hasta ese momento era la agricultura de secano. Allí saltó hacia otros mundos en una pirueta que impedía la vuelta atrás. Ya para siempre vagaría en naves interestelares por las rutas que solo los contrabandistas conocían.

Esperamos en la enorme sala donde se juntan las puertas de embarque de varias compañías. Apenas hay ruido, ni olores. El sol del exterior no nos afecta. Unos cuantos gorriones revolotean por la sala enmoquetada. Esperamos aún más.

Anuncios

Secuencia final

Escuchamos no muy lejos, como cada noche, el relajante canto de los grillos y el suave susurro de las hojas mecidas por el cálido viento nocturno. Más allá, aún habrá alguien en The Sink apurando la noche, entre cervezas o cócteles.

El verano ha acabado y ya no hacen fiestas ni carreras de coche en la carretera abandonada, ya ni siquiera se acuerdan de los leves romances veraniegos. Cada uno ha marchado a su destino: su universidad, su ciudad, …

John Milner aún pasea en su viejo Ford amarillo recordando los programas de Wolfman Jack y de un tal Alan Freed y su Moondog’s Rock’n’Roll Party, que, le han contado, la gente oía años atrás en otras ciudades, y también de un tal Dwight Philips, que radia su programa desde el hotel Cisca de Memphis.

Su coche, incansable, recorre las calles de la ciudad provinciana ya desierta, a lo lejos se oye un aullido y la voz fanfarrona de un vaquero que tripula un Chevrolet negro del 55.

Ya todo queda lejos, incluso el sonido del motor del coche.