Añicos

Sus pies descabalaron las estrellas en el agua.

Gonzalo Suárez, El hombre que soñaba demasiado.

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Fantasmagoría

Boulder fantasmaAl fin y al cabo, una autobiografía es solo una fantasmagoría. Cuando el narrador – que suponemos es el autor real – escribe sobre sus años de juventud o de pronta madurez – esto hoy en día ya no existe a no ser que llamemos pronta madurez a los cuarenta años – no escribe sobre lo que de verdad le ocurrió sino sobre los recuerdos que el propio autor – que aceptamos sea el yo literario al que le acontece la vida – rememora años – algunas veces muchos años – después.

Así, desaparecido ya su mundo, lo que escribe son solo recuerdos de ultratumba, como muy bien acertó a titular así su vida escrita el vizconde de Chateaubriand, Memorias de ultratumba, pues la vida al escribirla, a menos que sea un diario – el menestral diario que sirve de apoyo a más altos vuelos literarios – es, claro, otra cosa. La vida, bien lo dijo André Breton, está más allá, fuera de nuestras escrituras que, lo sabemos, sirven para poco, y por eso nos empeñamos en ella. Si la escritura sirviese para cambiar el mundo la dejaríamos a los generales, los políticos, los grandes señorones de la Historia, los revolucionarios, también, pues también ellos, como los grandes mandamases quieren cambiar el curso de la Historia, nunca de la historia.

El resultado, ya lo sabemos, es nefasto. La vida es fantasmal, la vives y ya se queda atrás, cuando la escribes solo tienes retazos y figuraciones, breves imágenes de algo que creímos tenía más fundamento.

 

Fantasmas

Paseo por entre los estrechos pasillos de la biblioteca, entre estanterías atestadas de libros. En el sótano guardan aquellos libros que ya casi nadie pide. Aguardan estos, como los de los pisos superiores un lector que los devuelva a la existencia. Son, en cierto sentido, libros fantasmas, libros que fueron escritos o impresos un día y que luego se perdieron entre los demás en las inacabables hileras que forman las estanterías.

Algo parecido sucede con las páginas de internet. Cada cambio de sistema, de formato o de programa ha hecho que las anteriores en gran medida, se vieran abandonadas por las más modernas, sin contar con la cantidad de páginas que alguien empezó, con mayor o menor ilusión, y que, por falta de tiempo, desgana, o simplemente por aburrimiento, abandonaron. Ahí están en la red, olvidadas, con una presencia ya marchita en la memoria de quien escribía en ellas o, o en la de quienes las leían y comentaba. Algunas fueron lugar de reunión hoy ya vacío e inhóspito.

Algo de fantasmal tiene también el paisaje que va surgiendo de la guerra que ha desencadenado el autodenominado Estado Islámico. Ha bombardeado y destruido otro templo, esta vez en Palmira, o quizás podríamos decir una vez más porque la repetición de noticias parece darlo a entender. Quedan ya solo ruinas, reliquias en un sentido secular, de los que en su momento fue una civilización, que el mundo mantenía por afán museístico – o memorialístico, que dirían algunos ahora.

Comparo la destrucción que lleva acabo el Estado Islámico con la preservación de los monumentos y museos que tuvo siempre presente el ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial. Esta encargó a los expertos en Arte (Erwin Panofsky entre ellos) del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton que señalaran en un mapa los museos, monumentos, templos y todo aquello que fuera patrimonio cultural. Gracias a esta medida, los aviadores norteamericanos, la artillería, etc… no dispararon contra dichos edificios. Entonces hubo una clara idea de derrotar al enemigo manteniendo las bases de la civilización; hoy el Estado Islámico destruye dichas bases porque su propósito último es fantasmal.