Vigilia

Son horas de vigilia, de espera tensa y emocionada. No hemos salido en todo el día. Por la ventana vemos la gente que sube y baja, en bicicleta, monopatín o simplemente andando, de dos en dos en este caso, charlando mientras se despejan, hacen algo de ejercicio o rompen la monotonía de los días laborales.

Más lejos, lo sabemos, la gente pasea por el mercadillo, se sienta en la hierba bajo los árboles, que por cierto son centenarios, comen algo de lo que han comprado en alguno de los abundantes puestos callejeros – casi todos de comida asiática o mejicana, con alguna camioneta que vende aún hamburguesas y otras donde despachan bebidas embotelladas o limonada o té hechos por ellos. Pasean, hablan, hacen ejercicio.

Nosotros hoy, en esta luminosa mañana de verano ya tardío nos hemos quedado en casa, a la espera, perezosos en cierto sentido. Leemos, escuchamos música – como casi siempre la que grabaron en los años 50 aquí.

Esperamos, sí, porque el sentido de la vigilia es guardar las fuerzas y aumentar las ganas sin perder la serenidad. Quedan ya pocas horas.

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