Vigilia

Son horas de vigilia, de espera tensa y emocionada. No hemos salido en todo el día. Por la ventana vemos la gente que sube y baja, en bicicleta, monopatín o simplemente andando, de dos en dos en este caso, charlando mientras se despejan, hacen algo de ejercicio o rompen la monotonía de los días laborales.

Más lejos, lo sabemos, la gente pasea por el mercadillo, se sienta en la hierba bajo los árboles, que por cierto son centenarios, comen algo de lo que han comprado en alguno de los abundantes puestos callejeros – casi todos de comida asiática o mejicana, con alguna camioneta que vende aún hamburguesas y otras donde despachan bebidas embotelladas o limonada o té hechos por ellos. Pasean, hablan, hacen ejercicio.

Nosotros hoy, en esta luminosa mañana de verano ya tardío nos hemos quedado en casa, a la espera, perezosos en cierto sentido. Leemos, escuchamos música – como casi siempre la que grabaron en los años 50 aquí.

Esperamos, sí, porque el sentido de la vigilia es guardar las fuerzas y aumentar las ganas sin perder la serenidad. Quedan ya pocas horas.

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Aquellos maravillosos años

DSCF5071Todas las mañana, al encaminarnos hacia la Universidad, para pasar el día entre libros y gente silenciosa que garabatea en sus cuadernos, gruñe, refunfuña, ríe en sordina o golpea de vez en cuando la mesa –mientras vamos, como digo, a la biblioteca, también al volver de ella, nos encontramos con vecinos. Nos saludan, a pesar de no conocernos y nosotros devolvemos, como es normal, el saludo. Un espartano “buenos días” u “hola” o quizás “qué tal están, pasen un buen día”. Recordamos la serie Aquellos maravillosos años, serie que, todo hay que decirlo, apenas vimos porque nos parecía sosa, y ahora, después de unos años, parecemos personajes de la misma, personajes ya crecidos que aún guardan esa extraña capacidad para sorprenderse por lo nuevo.

Esto me lleva a pensar en la biblioteca entre jóvenes que estudian y toman notas sobre la sociedad contemporánea, que lo Posmoderno es, esencialmente, un fenómeno urbano y académico. Sería curioso saber qué habría ocurrido si los profesores universitarios de Humanidades – en su más lato sentido – no hubieran notado un agotamiento de la Modernidad, si no hubieran necesitado algo más – en cuestión de teoría – para que la rueda siguiera girando.

Esto lleva a la conclusión de que lo Posmoderno – con mayúscula, sí – solo tiene sentido y puede comprenderse en su totalidad en una gran urbe, que los análisis posmodernos, los ensayos sobre el tema, las narraciones llamadas así, solo pueden escribirse en ciudades como Nueva York, Chicago, París o Berlín. Esto, también, me lleva a preguntarme por la interpretación que hemos hecho de Michel Foucault, Roland Barthes, Friedrich Nietzsche, Jacques Derrida o Jean Baudrillard. ¿Lo Posmoderno en pequeñas urbes?

Uno sabe que esto de lo Posmoderno es simplemente una inmensa pirueta irónica de una cultura agotada – lo cual no es malo en sí mismo, pues esto mismo se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia con distintos visajes como única diferencia.

David Foster Wallace, tan del gusto de Javier García Rodríguez, es de los últimos representantes de lo Posmoderno – último en sentido temporal y en sentido de agotamiento. Soy consciente de la ruptura perceptiva que traen como consecuencia varias pantallas televisivas, el orden caótico y palimpséstico de la red, la atención dividida en varias conversaciones escritas en la pantalla telefónica. Aun así, dudo de lo Posmoderno como categoría.

Lo Posmoderno, que solo existió en algunas ciudades y en la mente de muchos – al igual que tantas otras tantas fantasmagorías filosóficas durante el siglo XX. Hay quien dice que lo Posmoderno es menos mortal. Lo dudo, y no solo por el origen sino por la base, que tan felizmente abrazan tantos para derribar las civilizaciones, o culturas, o acuerdos, ya existentes.