El infierno, dicen

Hay quien piensa, ya lo he dicho más de una vez, que la comida norteamericana se reduce a hamburguesas bañadas en kétchup y mostaza con patatas fritas grasientas y pepinillos dulces, o comida precocinada con todas esas grasas que ahora nos dicen que son nefastas. Hay quien piensa, sí, con la mente de los prejuicios. Hoy hemos ido a un restaurante de cocina francés, donde también tenían una hamburguesa en la carta, y patatas fritas con alioli de trufa. También ofrecían ostras, francesas y americanas, ensaladas, pescado, mucho pescado, y sopas, la bullabesa en concreto, que estaba excelente y con un toque anisado que desconocía hasta ahora y mejillones, gambas y pescados en abundancia. Las ostras, con champán, eran gelatinosas, suaves, sabrosas como solo el marisco fresco puede serlo, guardando para el momento propicio el sabor yodado.

El champán, francés, era elegante, suave, de burbuja recta, un brut de entre los más interesantes. El vino, Treana, blanco de California, elaborado con dos uvas de Ródano – Viognier y Marsanne – era cálido, con la acidez justa, un vino con toques avainillados y de frutas tropicales, sin nada supérfluo ni descompensado. De postre quesos, franceses.

Claude Chabrol decía que para escribir un buen guión tenía que ser feliz, y que para ser feliz tenía que comer bien (como buen libertino, dicho sea de paso.) (Añadamos, también, entre paréntesis, que en Flaubert, los personajes se pasan toda la novela comiendo, como acertó a ver un crítico.) Hay gente que aún cree– y no es influencia del cine – que en Estados Unidos los hombres llevan sombrero vaquero y winchester, además de botas camperas, y que las mujeres se ajustan al prototipo de mujer hacendosa propio de las películas de los años 50. Hay quien no va al cine porque ya tiene montada su película con retazos de lo contado por otros y ladrillos de prejuicios.

El otro día en Denver, en lo que llaman LoDo – Low Downtown – en una de las calles, los restaurantes parecían bistrós franceses, eso sí, con la cocina multicultural y de fusión propia de los Estados Unidos. La gente, en las terrazas, bebían vinos blancos y tintos, comían carne o pescado que, por el solo aspecto y el olor que despedían, daban la impresión de estar bien cocinados, no solo con cuidado, con inventiva también, eso que tanto falta en tanto bar de barrio. Los precios suelen ser ajustados, más incluso que en España.

Hace años, muchos años, cuando contaba con escasos trece años, escuché una canción de Barón Rojo, y supe que si los rockeros iban al infierno, yo tendría que venir a Estados Unidos. Antes, claro, ya estaba Elvis Presley.

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