Mi destino

Suena en la televisión música jazz con la frialdad que es propia de los nuevos modos de reproducción musical o visual. Han eliminado todas las interferencias y chasquidos que solíamos escuchar en los viejos discos, y no solo en los de 78 rpm. Miro por la ventana y veo la carretera solitaria y estrecha, un camino que se adentra en la montaña, más bien, la casa de enfrente, con su terraza en el techo del garaje y su frondosidad de flores y arbustos. Oigo, a lo lejos, algunos ruidos. Recuerdo los jardines que hay enfrente de la biblioteca universitaria, verdes, con árboles centenarios y otros que son poco más que un esqueje crecido.

Hemos comido fuera de casa en un restaurante japonés que, como en ocasiones anteriores nos ha encantado. Hay quien, sin haber venido nunca aquí, se deja llevar por los prejuicios, entre los que figura de manera destacada que en Estados Unidos se come mal: hamburguesas, emparedados, fritanga, y poco más, Coca-Cola habría que añadir. Uno que lleva ya varias visitas, sabe que no es así, que la variedad gastronómica es apabullante, aunque, eso sí, la fritanga española de los torreznos, la oreja y los callos por aquí no los he visto. Uno puede elegir entre ensaladas, emparedados, platos de pasta, mexicanos, incluso españoles. Todos, claro, con un toque americano que más que estropear, da un toque diferente a la comida. Hay restaurantes de rancho y otros de lujo, pero en ninguno huele, al contrario de lo que suele ocurrir en España, donde los malos olores son moneda corriente en muchos restaurantes.

En casa me he acordado de los enormes filetes y chuletas de vacuno que venden en el supermercado y que, para los que lo ignoren, no tienen antibióticos, hormonas o productos similares. Pienso en cuantas veces he disfrutado comiendo uno de esos chuletones y he pensado que la mejor función que uno puede cumplir en la vida está justo al final de esta. Hay gente que piensa que hay que hacer dinero; otros quieren traer muchos niños al mundo; hay quien busca premios, condecoraciones; está esa especie ahora reverdecida de los que necesitan baños de multitudes a los Jesucristo o Evita Perón clamando que ellos son uno más de entre tantos y han venido a salvar a la Humanidad.

Para mí todo eso son tonterías. El destino, mi destino al menos, es morir y que me entierren en un prado para servir de abono a la hierba que comerán las vacas, y así otros disfruten de esos maravillosos chuletones poco hechos, vuelta y vuelta apenas, mantecosos, tiernos, intensos de sabor, al igual que hice yo mientras viví.

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