La tranquilidad de las puertas abiertas

De nuestra casa al centro o a la universidad tenemos la posibilidad de caminar. Con el frescor del día que apenas acaba de hacerse presente nos encaminamos por unas aceras de macadán no siempre bien asfaltadas hacia el inmenso edificio de la biblioteca universitaria. Caminamos entre jardines, árboles, setos, flores amarillas similares a los girasoles – hay veces en que un poco más de conocimiento botánico me vendría bastante bien. Costeando ese camino hay un carril para bicicletas por el que se ven ocasionales ciclistas ahora en verano.

Para llegar al centro podemos tomar otros caminos, bajando por la calle siete, la nueve o la diez. También ha abundante vegetación, casas con jardines y sin vallas ni tapias. Cruzamos también el río, que llega agua abundante y tan clara que podemos ver el fondo pedregoso. Ahora el agua baja calmada; bien podemos imaginar la locura desatada que ha de ser en primavera, cuando oda la nieve de las montañas comienza a fundirse y a bajar.

Vayamos hacia uno u otro sitio, me gusta mirar las casas, los enormes ventanales sin rejas, las puertas de madera, endebles, casi un mero aviso de que no se debe traspasar el umbral si no se ha llamado antes al dueño; a ves, incluso, están abiertas, como invitando a entrar. Esta actitud choca con lo que vemos en España, donde las puertas suelen estar blindadas y ancladas en varios puntos al suelo, como si fueran las guardianas de tesoros incontables e innombrables. Boulder es una ciudad pequeña, donde hasta hace nada todo el mundo se conocía, una ciudad donde enseguida conocen al extraño. Pero también, piensa a veces uno, está la ley que permite tirotear a quien allana tu domicilio. Esto no es el salvaje Oeste, por supuesto; más bien, es todo lo contrario, una ciudad de gente razonable, educada, que aunque puedan tener armas, no las usan e incluso las rechazan. Esto también influye en esa confianza que tienen dejando las puertas abiertas o teniendo puertas y ventanas por las que sería fácil colarse dentro.

Esta actitud da una enorme tranquilidad al visitante que, como nosotros, está alojado en una casa que da a la calle y cuya fachada está ocupada casi en su totalidad por un enorme ventanal, con su mosquitera para impedir que los insectos tan numerosos y variados por aquí entren en casa. Un lugar tranquilo donde vivir, sin muchas pretensiones pero con la enorme tranquilidad que da el saber que los peligros de la calle no entran en casa.

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