La vida es una película

En el restaurante, al que entramos de casualidad y por pereza, no hay nadie y, como suele ser común en los de este tipo, lo llena un desangelamiento que casa mal con la cantidad de carteles de muchos colores escritos a mano y objetos decorativos dorados que hay en él. Detrás de nosotros entra un hombre que se sienta en una mesa.

Preguntamos si podemos llevarnos la comida, para luego no tener que hacer el camino con el estómago demasiado lleno, y nos ofrecen dos cartas, en chino y en inglés, y una mesa para que nos tomemos nuestro tiempo en elegir. Mientras tanto entra una pareja de jóvenes. Ella es alta, desgarbada, las caderas se le notan huesudas detrás del peto vaquero. Él es como tantos otros. Piden un menú, cogen unas verduritas de un mostrador y se dirigen a la mesa. Casi al instante entra una mujer china que rellena también una pequeña comanda y se sienta. Es baja, su aspecto es de alguien que ha pasado los cincuenta, de apariencia fuerte.

En el restaurante se oye la conversación animada de los jóvenes, el hombre come con calma y con desgana. Nosotros esperamos sentados. En un momento determinado me acuerdo de Stranger than Paradise de Jim Jarmusch. No hay sensación ni momento inocente; lo primigenio, aunque algunos quieran mantener la ficción, lo perdimos hace mucho. El cine ha modelado nuestras experiencias. Hay quien no va al cine para no contaminarse. Los Puritanos cerraron los teatros británicos en el siglo XVII.

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