Banderín de enganche

Están ya acabando las competiciones futbolísticas, y echo la vista atrás y recuerdo que en los años setenta los marxistas apoyados en sus estólidas teorías hablaban del fútbol como el medio que utilizaba el Estado para anestesiar la conciencia revolucionaria del pueblo y lograr mantener la mansedumbre de la gente. (Quizás estólida sea un adjetivo demasiado flojo…)

El fútbol no ha cambiado en nada, a pesar de que los anterioscleróticos solo logren ver lo bueno en el pasado. Por eso ahora ven en el fútbol de los años 40 ó 50 ó 60 ó 70 u 80 un fútbol auténtico que no estaba corrompido por el capital. Aunque si uno repasa las fortunas que se hicieron en esos años en Madrid, Barcelona, Valencia, Marbella, observa que los grandes beneficiados estaban en medio de o cercanos al mundo del fútbol, al igual que estaban cerca del poder municipal, nacional o, más tarde, autonómico. Pero es tan bonito crearse un Paraíso a la medida de las propias frustraciones.

El fútbol, hoy y ayer, ha sido un banderín de enganche, una manera de que la gente se agrupara siguiendo los sentimientos en vez de la razón. El fútbol era, para la mayoría – siempre hubo unas pocas, y honrosísimas, excepciones – una manera de aliarse con un grupo para enfrentarse – con una violencia ritualizada casi siempre – a los otros, a los que no pertenecían al club (la tribu en el fondo.)

Hoy en día con la cuestión nacional en el candelero, es normal que la gente elija su equipo de fútbol no por las cualidades de los futbolistas sino por lo que significan en eso que llamamos España. SI uno no es españolista, por supuesto, elegirá el Barcelona o el Athletic de Bilbao o la Real Sociedad. Si uno es del Real Madrid será españolista, facha por supuesto, y tendrá un patrimonio considerable. Que todo eso sea verdad o no, importa poco. La fuerza de los tópicos es más fuerte que la razón, y ya sabemos lo que ocurre cuando varias personas forman una tribu. (He de decir que conozco madridistas que no son ni españolistas, ni fachas, ni tienen mucho dinero, y que son del Madrid simplemente por cuestiones deportivas y me admira su capacidad para soportar las tontadas que los demás les dicen, y el coraje para nadar contra corriente.)

En fin, que no cambiamos, ni entonces ni ahora. La gente es feliz siguiendo un banderín o una insignia, cantando un himno, emocionándose incluso, y atribuyéndose méritos que solo son de los futbolistas: los trofeos ganados.

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Para quien comparta la definición que Baruch de Spinoza dio de la amistad:

 

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