Famille, je vous hais

Almacén El barrio como la gran familia, como el útero freudiano, como una placenta en la que flotamos en su líquido amniótico. Vivir rodeados de aquellos que conocemos desde siempre – que es nunca — , engañarnos con la ausencia del paso del tiempo, el tiempo estático de cuando la historia no existía. Heráclito es el mal: panta rei. Frente a él, el paraíso cristiano anterior a la caída. Que nunca cambie, deseamos. Olvidamos el pasado: cuando no fue, cuantas veces fueron cayendo los edificios, fueron mutando los comercios. El barrio como microidentidad, ya que las grandes narrativas han caído. El museo como deseo de vida: ética y estética unidas: lo estático, lo estancado. La vida codificada en saludos, rutinas y encuentros. El extranjero es el enemigo. Llega, se hace con el botín y huye. El extranjero o lo mudable, lo extraño, lo que no podemos asimilar a nuestra identidad barrial. Un alienígena. El que se sabe hecho de historia y de otros. Ser un extranjero: impugnar el sí mismo, la propia identidad, el grupo. Lo abierto e incodificable. El que dice no.

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