La nostalgia que nos atenaza

Sacromonte. Los sabios de la tribu es un documental realizado con mucha solvencia, y cuando uno se entera de las penurias económicas a la hora de filmarlo pues aún se asombra más. Acudí a verlo con mi padre, que había vivido en su ya lejana juventud, unos cuantos años en Granada, y que no cesaba de repetir que aquello del Sacromonte era algo una atracción para turistas, que ellos los que vivían allí, en esa Granada cerrada y mínima, provinciana, nunca subían hasta allá. Eran dos mundos, curioso, el mundo gitano y fiestero y el mundo payo mayoritario con bastantes menos fiesta, aunque no es menos cierto que la fiesta gitana era el trabajo de los gitanos, el modo de ganarse unas perras para poder ir tirando, porque en el Sacromonte, por lo que nos dijeron, habían pasado mucha hambre. Curro Albaycín dice que eran familias humildes cuando en realidad parece que fueron familias muy pobres, aunque quizás en la época – la posguerra negra y pesada – se notara menos el contraste, al menos entre ellos y los payos, porque los gitanos de arriba del cerro, esos aún eran más pobres y, desde luego, su contacto con la sociedad granadina era inexistente. Los del valle fueron afortunados por aquello de que sí que tuvieron más contacto e incluso una mínima instrucción en un colegio religioso.

Aunque saber la edad de Curro Albaycín es tarea imposible, yo le echo unos 75, años más años menos. Esto quiere decir que cuando el Sacromonte se derrumbó por la gran inundación de 1963 él estaba en la veintena. La inundación obligó a todos los gitanos que vivían allí a mudarse, obligados porque aquello era ya un lugar inhabitable. Aqueí Curro sufrió un, digamos, trauma, porque su mundo, el mundo de la fiesta flamenca, del baile, el cante y el toque en las cuevas desapareció. Cierto es que el Ayuntamiento o el Gobierno Civil los llevó a chabolas, con lo que el contraste entre el pasado y el presente se agudizaría.

Los años previos a 1963 figuran como los año dorados de su vida – en realidad, podríamos decir, que la década de los veinte años de cualquier persona quedan como ese paraíso perdido, pues todos nos vemos obligados a entrar en el mundo adulto y despedirnos de nuestra adolescencia y juventud. Para Curro Albaycín son ya para siempre los años del cante y baile puros por lo que tenía de no reglado. Uno aprendía a bailar, a cantar y a tocar la guitarra, fijándose en cómo lo hacían los maestros que estaban en las cuevas, o al menos eso dice él. Me resulta extraño pensar que Manolete nunca recibió ninguna clase cuando se ve, al bailar, que lo suyo es un baile donde la técnica está muy presente.

Albaycín, llevado por la nostalgia, establece dos periodos, que en realidad son falsos. Cuando la transmisión de generación en generación se hace por vía de imitación, las cosas cambian con más velocidad que cuando el baile o el cante pasan de unos a otros gracias al estudio. La cantidad de pasos de baile perdidos en la noche de los tiempos porque nadie supo mantenerlos, o las estrofas que se pierden o cambian por aquello de la herencia oral. Él Es un ejemplo de lo que digo. Si no hubiera recopilado el cancionero del Sacromonte todos aquellos cantes habrían desaparecido, aunque no hubiera acontecido la inundación. Las generaciones siguientes habrían preferido otros cantes, con casi total seguridad, como podemos ver en los gustos de los jóvenes flamencos.

Es reconfortante, y peligroso, abandonarse a la nostalgia, sobre cuando ya se tienen muchos años. Pero eso nos impide comprender que toda creación humana es frágil, que todo nuestro mundo está cambiando aunque no nos demos cuenta. Pensemos que Curro Albaycín habla de que la vida en el Sacromonte era estable simplemente porque él vivió allí unos años y sus padres y abuelos también habían vivido allí, pero carece de documentación y testimonios para saber cómo había sido la vida anteriormente, aunque tenga el testimonio oral de otras personas, tan poco fiable y nostálgico como el suyo.

Por mucho que los puristas – esa plaga invencible y aniquiladora –se empeñe, muchos de los bailaores que aparecen en el documental recibieron clases de baile, aunque fueran ya con veinte o treinta años, y los jóvenes que van a las academias no bailan sin ángel ni duende. Bailan con menos rudeza, con más conocimiento – y si no, fíjense en Alba Heredia. Por no hablar de los guitarristas. Hay que ser muy ingenuo para pensar que Pepe Habichuela toca la guitarra como la toca solo por haber observado a unos cuantos guitarristas mayores que él. El conocimiento instintivo hace tiempo que sabemos que no existe. Puede que no fuera a ninguna academia, pero sí que alguien le dijo cómo poner los dedos para hacer acordes, o las notas en la guitarra, aunque, ya digo, no fuera enseñanza como la del conservatorio, aunque sí se parezca en algo a esas clases que se imparten a los virtuosos, en las que están solo el alumno y el profesor.

Dicho lo cual, repito que el documental es muy bueno, que tiene la historia de una gente que vivió un momento bonito que ellos han agrandado en su recuerdo, al igual que tantísima gente hace, y que Chus Gutiérrez ha sabido plasmar con solvencia, buen hacer y cariño. No en vano ha sido premiado en la Seminci.

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