La casta científica o de cómo algunos pretenden controlar la masa mediante la superstición

La superstición, de la cual las religiones establecidas son sola una mínima parte, creen que la ciencia basada en la razón no tiene base epistemológica suficiente como para que las personas podamos afirmar verdades basadas en la experimentación. Para estos supersticiosos, tiene más valor las afirmaciones de brujos de aldeas africanas que dicen que la única manera de curar el sida, por ejemplo, es un cocimiento de raíces y no los fármacos desarrollados en laboratorios mediante el método de ensayos clínicos. A estos supersticiosos les vale más la tradición transmitida oralmente que lo probado mediante la prueba, el error y su corrección. Lo que dijeron los antepasados, los dioses del lar, los brujos y los jefes tribales están por encima de la razón.

A nada que uno hable con ellos para entender cómo son capaces de apoyar la superstición, la superchería y desprecian el ejercicio de la razón, se entera uno de que lo hacen movidos por un deseo de no dar más poder ni dinero a las farmacéuticas. La ciencia es una arma política, dijo Michel Foucault, y así lo llevan a cabo estos supersticiosos. (Por cierto, Foucault que negó siempre la existencia del sida, murió de él.) Por no dar dinero a las farmacéuticas, prefieren deslegitimizar los avances científicos. Imagino que en pleno siglo XIX estarían en contra de la experimentación para obtener la penicilina y que a finales de los años 50 y primeros 60 en España habrían estado en contra de poner la vacuna contra la poliomelitis a los niños españoles.

Para disimular lo irracional de su postura y las inhumanas consecuencias que tendría, explotan el resentimiento. (Hoy en día si quieres tener éxito, has de excitar el resentimiento de las personas) Y así, hablan de la casta política.

En fin, que vamos de mal en peor. Yo a estos les propongo que suban al último piso del Empire State Building, voten en asamblea la inexistencia de la ley de la gravedad. (Al fin y al cabo, Newton, su descubridor, era un firme defensor de la monarquía y del orden establecido.) Y una vez aprobada por unanimidad su inexistencia, n vez de bajar en el ascensor, salgan tranquilamente por la ventana.

(Nada de esto, al final, es demasiado nuevo. En la época de la Ilustración ya hubo enfrentamientos entre los enciclopedistas científicos al modo de Diderot y los retrógrados supersticiosos; o, más tarde, en la URRS.)

La casta científica

El científico de la casta

El científico de la casta (II)

Los libertinos

Leo algunas definiciones de libertino y veo que los puritanos han hecho bien su labor. Un libertino es un depravado, un alcohólico o un mujeriego, poco más. Ahora que estamos en los pésimos tiempos de construcción de una revolución populista, se le añadirá el que vaya a restaurantes caros, disfrute con la moda o, simplemente, aquel que no siga el apso firme y marcial de los revolucionarios.
Durante muchos años, varios siglos en realidad, un libertino fue un filósofo escéptico o pirrónico, una personaje poco querido por los que mantenían la ortodoxia filosófica. Tampoco hoy en día somos bien vistos los escépticos. No son tiempos de andarnos con dudas o con análisis detallados de nuestras acciones. Hoy en día, en estos tiempos malhadadamente revolucionarios y populistas que tantos celebran con alborozo, introducir el matiz, la duda, la sabiduría de que lo peor es la acción conjunta de las falanges populares — ahora se le llama referéndum popular — es causa de anatema o de herem, como le ocurrió a Baruch Spinoza.
Vienen tiempos de exaltación de la masa, cuando sien sabemos lo que esa exaltación nos ha deparado en otros momentos, y no hablo de tiempos lejanos; tiempos de líderes carismáticos, de cortesanos que se empeñarán en confundir a los ciudadanos lanzando potentes mensajes plagados de mentiras, y otros en los que pedirán la absoluta sumisión al líder y al grupo.
Malos tiempos para nosotros los libertinos, los que disfrutamos con nuestro cuerpo en el cuerpo ajeno, que disfrutamos con un vino excelente y unos alimentos exquisitos, que sabemos que solo la duda no nos vuelve sanguinarios y nos permite la convivencia, que no pedimos sumisiones ni queremos nadie que nos guíe en la vida, que preferimos equivocarnos por seguir nuestras ideas a acertar por hacer caso de los demás. Nosotros, los únicos verdaderamente libres.