El paso del tiempo

Se van muriendo. Este año van dejándonos uno tras otro, alargando una lista que, casi siempre, es muy larga ya.

La última ha sido Ana María Moix. Estaba ahí, discreta, como una secundaria importante, presente pero sin tener protagonismo, que es como a mí me gusta que esté la gente. Los autores principales son, en la mayoría de los casos, aburridos después de estar con ellos un rato. Hay excepciones, lo sé pero apenas cuentan.

A Ana María Moix la leí poco, pero me gustaba que estuviera allí. Las pocas entrevistas que concedía las solía leer con interés. Pertenecía a un grupo, ese llamado gauche divine catalana, en el que coincidieron algunas personas muy importantes. Muchos hicieron una labor importante en esto de la cultura española, algunos fueron algo divinos o divos, creo que ninguno estomagante.

Ahora, Ana María Moix ha fallecido, como ya murieron otros antes que ella, y yo contemplo la foto que está encabeza este breve escrito y me gusta por ese aire de desamparo que la nimbaba. A estas alturas pienso, cada vez que veo una foto, que bien puede ser una pose. Quizás lo fuera en su caso, quizás no. Es lo de menos en este momento porque la foto lo que recoge bien es un momento en la vida de alguien que ya no es adolescente aunque su cuerpo se resiste a darse por enterado. La soledad es la de cualquier persona que ha dejado atrás ese que llamamos infancia y mitificamos sin mucha razón. La soledad es siempre individual, aunque haya quien quiera hacer el discurso de lo generacional.

 

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