Germán Coppini

Fue en las Navidades de 1984. Mis padres me regalaron un disco detrás del que andaba hacía ya unos meses: A Santa Compaña de Golpes Bajos. Había oído algún tema en Esto no es Hawaii, el programa de Jesús Ordovás (por aquel entonces yo escuchaba muchísimo la radio)  y había leído críticas. No sabía nada más de ellos.

Llegó Nochebuena y con ella el disco, y el disco superó con creces mis expectativas. Luego fueron a Soria, a dar un concierto junto con un grupo siniestro del que solo recuerdo el color zanahoria de su cantante y la levita negra que llevaba en pleno verano. logré colarme para escuchar las pruebas de sonido (las malditas pruebas de sonido) en la mañana soriana, no excesivamente calurosa.

El concierto comenzaba a la ocho de la tarde y a las cuatro ya estaba yo delante de la taquilla para comprar la entrada. El tiempo pasó despacio, muy despacio hasta que abrieron la taquilla y luego hasta que comenzó el concierto, con un retraso considerable. No puedo decir nada de él, ya no recuerdo anda, solo que me gustó, pero esto es una apreciación tan subjetiva que no puedo justificar con ningún argumento que es casi como que no recordase nada de nada.

Luego seguí la carrera errática de Germán Coppini, pero no la de Teo Cardalda, que siempre me aburrió en Cómplices, y de manera intermitente la de Pablo Novoa. Pero sobre todo seguí a Coppini, con una carrera con altibajos, con períodos de largo silencio y breves momentos de gloria muy fugaz. Me gustó siempre su eclecticismo y su hacer la música que le gustaba, sin sujeciones, sin pensar en lo que otros podrían decir, sin buscar nada que unas buenas canciones.

Ayer murió Germán Coppini, veintinueve navidades después de tener la fortuna de escuchar por primera vez su música. Hizo que mi adolescencia fuera más alegre.

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