El tiempo y el placer

Ya queda poco tiempo. Poco tiempo para las vacaciones. Es un tiempo ajetreado aunque uno ha logrado ir librándose de todos los compromisos sociales que nos rodean. No de todos, claro, que esos ería llegar al nirvana o al paraíso, pero al menos, sí de muchos. Sin cenas de trabajo, ni comilonas con los amigos de dos días al año. Me gusta comer, disfruto con ello, lo reconozco, pero también sé que la maratón que nos espera, cuatro comilonas en una semana y el remate del Día de Reyes, me agota. Si por mí fuera, comeríamos menos días y el menú sería menos abundante y habría algunos alimentos más exóticos, de esos que vienen de lejos y nunca probamos por su lejanía o por su precio prohibitivo.

Pero lo mejor de estas vacaciones es el tiempo: el mal tiempo meteorológico que me tiene metido en casa y el tiempo horario que aprovecho en leer grandes obras, como Fiodor Dostoievsky — otro año más– o las conversaciones de Eckermann con Goethe.

Un tiempo para encerrarse, para disfrutar leyendo al abrigo de la manta o en la cama mientras la gente se afana en comprar regalitos, en beber espumoso o en comer y comer. En casa J.S. Bach y libros inacabables, inabarcables. Placeres infinitos apenas costosos.

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