El palmarés

Otro año más que acaba la SEMINCI y van, para mí, ya veinte años si no alguno más. Pocas veces he estado de acuerdo con la lista de películas y actores galardonados, pero casi siempre veía alguna razón para  las películas que estaban en el palmarés.

Este año, sin embargo, no es así. Este año la película ganadora de la Espiga de Oro, Tokyo kazoku, es de un extraordinario conservadurismo. La película está bien hecha, el director demuestra oficio, los actores interpretan bien sus papeles, pero … siempre hay un pero… carece de la más mínima originalidad. Es una película que “se basa” o quizás habría que decir copia, el cine de Yasujiro Ozu, gran cineasta japonés. Bien está en los tiempos que corren que el público en general no conozca la filmografía de Ozu, pero el jurado debería conocerla, debería valorar la poca originalidad y lo mucho de adaptación automática que la película ganadora tiene.

Peor es el caso de Papusza, película donde no hay ni  guión ni dirección ni nada; solo el extraordinario trabajo de fotografía. Papusza es una película preciosista, estetizante, en la que bajo el falso compromiso social con las minorías: los gitanos, también asesinados por el nazismo, late la nada, el vacío. Ocurre con demasiada frecuencia: la estética oculta la inanidad.

Uno se pregunta por qué el jurado ha premiado una película de tan poco riesgo, por qué ha premiado otra película en la que el preciosismo tapa tantísimas carencias. Uno se responde, con cierta maldad, que es un guiño al espectador común, aquel a quien le gustan las películas que no le suponen demasiado esfuerzo intelectual, aquel que sale del cine convencido de que ha visto una película bonita o una película comprometida o una película que trata dramas humanos.

Frente a las ganadoras, I’m the Same, I’m an Other, una película que no es bonita, ni comprometida, sí dura, desasosegante, una película qu exige esfuerzo al espectador, esfuerzo para seguirla, para adaptarse al ritmo lento, a la elipsis, a la desnudez cinematográfica.

Uno imagina que con los tiempos que corren y con la tosquedad de nuestros representantes políticos que si no ven números elevados de asistencia consideran que ha sido un fracaso (Llegados a este punto les recomiendo la escena en que el director de películas pornográficas que aparece en Hardcore de Paul Schrader, también proyectada en esta edición, pide las cifras de taquilla a su ayudante, y se enfada porque estas son bajas.) Si hemos de medir el éxito de un festival cinematográfico por el número de espectadores, todos sabemos que será un festival en el que el riesgo cinematográfico haya desparecido, un festival como un telefilme de domingo por la tarde.

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