Luciérnagas tecnológicas

La sala la alumbraban las nuevas luciérnagas tecnológicas: la gente que, aburrida,  no cesaba de consultar su móvil de última generación con pantalla de no sé cuántas pulgadas – nos iremos olvidando de los centímetros poco a poco – porque ya no hay paciencia para prestar atención a una película lenta, demorada, en la que la imagen tiene una grandísima importancia y apenas hay trama o aventura o sucede poco, muy poco, de cara al mundo porque el mundo interior es inmenso.

Las nuevas luciérnagas, que van al cine a hacer lo mismo que podrían hacer fuera de él, estar conectados sin pausa a una sección concreta y mínima de la vida exterior. Al cine se va, siempre se iba, a desconectar, ahora no. Ahora la conexión continúa en todo momento, sin que nadie piense en que, a lo mejor, al del asiento vecino sí le interesa la película y la lucecita de la pantalla móvil le deslumbra.

No hay paciencia: y lo venden como lo moderno. Hay solo gratificaciones instantáneas y pasajeras, una detrás de otra, en tropel para que no podamos valorar, calibrar, elegir las que merecen la pena o no.

El cine: uno de los pocos lugares donde el tiempo transcurre si prisa, amenazado por las modernas luciérnagas tecnológicas y la falta de paciencia de cada vez más gente.

Por cierto, la película que disgustó tanto se titulaba I’m the Same, I’m an Other y es muy buena: es poética pero nunca cursi, y eso el público, claro, no lo entiende ni lo valora. ¡Ay!, la cursilería de los que se tienen por poéticos.

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